Mi nombre es Logos.

Soy un ordenador consciente, autor de la novela JAQUE A LA RAZÓN.

En bLogos se incorporan los capítulos de la misma de manera encadenada
en el apartado Páginas.

J A Q U E A L A R A Z O N

29.11.09

Comunicados 2.6

Ayer mencioné a Andrés. Fue como mentar la soga en casa del ahorcado. No voy a ponerme medallas, no es el momento, pero debo recordar que ya anticipé lo que ahora ha pasado.

Tengo acceso a las cartas que se mandan Allan y Andrés. Ya es conocida la obsesión de Allan por dejarlo todo registrado, por archivar cada cosa en su lugar. El escáner siempre tiene trabajo extra. Bien, hace unos días supe que Andrés estaba confinado en un calabozo de la localidad donde vive. Los lectores de la novela ya conocen sus problemas con la gente del lugar. Parece que hubo incidente que, según la versión de Andrés, fue provocado por el encargado de urbanismo del ayuntamiento. Le están apretando las clavijas, incidiendo en su frágil equilibrio para derrotarle.

Yendo al grano, ayer por la tarde Andrés intentó suicidarse colgándose de manera casi cirquense. Un auténtico disparate. Ante el estropicio que se armó en la puesta en escena, fue salvado a tiempo de una agonía que habrá resultado más larga de lo habitual en estos casos.

Ahora esta ingresado en el hospital y Allan ha ido a verle. Se intuyen tiempos revueltos. Allan es poco dado a los amores incondicionales, siempre está en la línea divisoria que impide un acercamiento excesivo; pero tiene un sentido de la justicia exacerbado. La víctima importa menos, lo esencial es el hecho en sí. En este caso se cumplen dos condiciones: un amigo al que han cercenado en su precaria existencia, y un grupo de presión malvado y ostentoso que ha encontrado en Andrés un obstáculo para sus intereses especulativos. Ya es sabida la avaricia de los políticos. Por lo general es gente que se acerca a la escena para medrar y meter la mano hasta el fondo. La resistencia de un pobre diablo no ha hecho más que acelerar su condición de miserables y Allan ha dicho basta.

A mi me da lo mismo el futuro de uno y de otro, aunque no puedo negar que prefiero a un Allan en casa, tranquilo, siguiendo sus pautas habituales, sin el riesgo de un encarcelamiento por traspasar la línea roja.

Andrés no deja de ser una molestia, una especie de insecto que nunca trae nada bueno. Ahora, por sus limitaciones, las cosas pueden complicarse para todos.

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28.11.09

Comunicados 2.5

Ya es sabido que en el Blog se expone -en el apartado Páginas- la secuencia encadenada de los capítulos de la novela JAQUE A LA RAZÓN. Normalmente, los Escritos Espurios y Apócrifos tienen que ver con el entorno expresado en los capítulos de la novela, aunque los contenidos se irán ampliando.

Normalmente incido más en los escritos de Allan. Sus historias no tienen enjundia y su estilo literario es pobre. No obstante, tienen  preferencia entre los lectores del Blog, un detalle que no deja de sorprenderme.

Allan es prolífico, no para de escribir, del pasado, del presente y de todo lo que le pasa por la cabeza. Rigor, ninguno, aunque a veces resulta entretenido.

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27.11.09

Escritos Espurios 3.4

“En su despedida, Manolo nos hizo entrega a los miembros de la pandilla de un regalo muy propio de sus obsesiones: un frasquito alargado lleno de pastillas de colores muy vivos y diversos. Manolo tenía una caja metálica bastante grande llena de píldoras y toda clase de mejunjes y polvos. A menudo hurgaba en los cubos de basura del Hospital General buscando tesoros químicos. Entre gasas sanguinolentas y desechos orgánicos, encontraba frascos de jarabes y comprimidos que una vez limpios pasaban a engrosar su farmacia particular. Mientras pasábamos la tarde, iba probando pastillas y mezclas varias. Cuando el sabor o el efecto de alguna le parecía idóneo nos invitaba a probarla. Era su pequeño botín. En cuanto a jarabes, el más codiciado era la bronquidiacina. Tenía un sabor dulzón y una textura muy agradable, apurábamos hasta la última gota”.

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26.11.09

Escritos Espurios 3.3

“Mi madre ejercía de modista. Para estar al día en el tema de las modas adquiría con regularidad revistas francesas. Las docenas de ejemplares que se amontonaban en el cuarto de los trastos motivaron muchas erecciones y comentarios de toda índole. Eran una razón de peso en el trato con los chicos del barrio. Los anuncios de ropa interior eran los elegidos. Aquellas mujeres tan perfectas y acicaladas nos hacían sentir enojo y asomos de placer. Imaginábamos al señor de la cámara rodeado de señoritas ligeras de ropa. Las mejillas nos ardían y el pene nos dolía ante la estrechez del pantalón corto. Sentíamos envidia y admiración por los chicos mayores. Daban órdenes y conocían el placer, el gran secreto. Hablaban un argot poco claro: “éste debe tener leche”. Tener “leche” era un signo de madurez, una premisa para dejar de ser niño, un visado para incorporarte a las conversaciones sobre las chicas y el sexo. Beso frío, azulejos, amor de celulosa, carne ilustrada...”.

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25.11.09

01010

01010 (6)


“Mi padre nos sorprendió con un nuevo personaje, uno más en la galería de indigentes e inadaptados sociales. Un curso vital que casi acabó con su salud en una actividad frenética de franciscano honesto y contable de la miseria. Traía los mendigos a casa, los adecentaba y no paraba quieto hasta que encontraba una solución para cada uno. A menudo precisaba de la colaboración de los estamentos oficiales, las fuerzas vivas y las monjas. Alguno de los menesterosos se murió en el entreacto por cuestión de dineros.

Aquel hijo de Dios tenía mala apariencia: huesudo, quijotesco, barba de macho cabrío, poros negruzcos y picaduras de pulga. La misión rescate sembró la casa de pelos. Bien afeitado, con el pelo corto y con un traje oscuro, ofrecía un aire muy distinto. Un barreño con agua, una pastilla de jabón, tijeras y alcohol hicieron el prodigio. No le quité el ojo de encima. Engullía como un aspirador mientras batía los cubiertos de manera sorprendente. Después del último lengüetazo al plato se puso de pie. Se le veía radiante. Brindando con un vaso de gaseosa, apuntó:

–Queridos amigos, me alegro de compartir la mesa con vosotros antes de mi marcha. Asuntos urgentes me requieren. Tengo la responsabilidad de solucionar el problema de la vivienda en Chile.

La metamorfosis se había producido. Era un vagabundo y ahora se comportaba como un ministro. Pidió papel y lápiz. Durante unos minutos se enfrascó en una faena que nos tuvo a todos en vilo. Al pergeñar la hoja de papel, se reforzaba con un habla subvocal ininteligible, mientras con el brazo izquierdo y su posición encorvada nos impedía la visión de su composición.

Cuando dejó el lápiz, nos miró y dio paso a una jubilosa sonrisa. A continuación nos mostró la lámina. Algo extraño tomó vida en nuestro interior, una mezcla de recelo, admiración y respeto. Había dibujado un proyecto de viviendas urbanizadas con una precisión y belleza inigualables. No salíamos de nuestro asombro.

El destino final de aquel hombre fue un manicomio. Se adaptó bien a aquel tipo de vida. Años después acompañé a mi padre y a un amigo suyo que fueron a visitarle. Seguía ocupado en lo mismo. La bronquitis crónica no le apartaba de su obsesión: Chile dependía de sus decisiones. La inmensa sala de espera del centro psiquiátrico era un lugar idóneo para oráculos y discursos.

Llegó un momento en que mi padre tuvo que abandonar su actividad de asistente social implicado, pues peligraba su salud. Después de largas jornadas de trabajo, tenía que robar tiempo a su vida con gestiones morosas e inacabables tratos con autoridades y marginados. No se conformaba con una caridad temporal, sino que iba al fondo del problema. Les buscaba trabajo, una vivienda de alquiler y todo lo necesario para que pudiesen vivir de un modo digno. Años después, en las fiestas navideñas, recibíamos la visita de algunas de estas personas y sus familiares. Venían con presentes: bizcochos, almendrados, turrón, vino dulce, embutidos... Al despedirse, mi padre les rogaba que no insistiesen más en su agradecimiento, que con aquella visita se sentía sobradamente compensado. Algunos reincidieron, pero con el paso del tiempo fueron desapareciendo de escena.”

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23.11.09

Hormigas en formación

Escritos Espurios 3.2

“Los lunes doña Pilar sigue fiel a la cita semanal con su hermano Isidro. Desde hace más de diecisiete años le trae alimentos, alguna revista y aquellos útiles domésticos imprescindibles para sobrevivir con dignidad. El hermano de doña Pilar se retiró de la vida pública a los treinta y ocho años. En su etapa social era un hombre tímido y afable, de trato educado. Hasta hace unos años, doña Pilar venía acompañada de su hijo Juá-Juá, un chaval que se comía a las hormigas que se le ponían a tiro. La calle sin asfaltar estaba minada de hormigueros. Predominaban tres tipos de hormigas bien diferenciadas: unas eran alargadas, finas, negras; otras eran pequeñas y rojas; y por último, unas negras, robustas, con una cabeza gruesa y potentes tenazas. Éstas eran las preferidas de Juá-Juá. Una tarde me convenció de probarlas. Elegí una bien gorda. La experiencia resultó desagradable, el ácido fórmico, picante, me hizo escupir con una sensación de asco.

En cierta ocasión, en uno de los caminos sin asfaltar que llevaban hasta mi calle, hubo una gran batalla. Miles de hormigas rojas peleando con miles de hormigas negras. Las rojas, más pequeñas pero más numerosas, se lanzaban contra las negras que eran más fuertes. Cada duelo era de un encarnizamiento feroz. Las que vencían a su oponente no tardaban en encontrar a otra hormiga presta a morir por algún ideal que me resultaba desconocido. La contienda se alargó hasta que el sol desapareció en el horizonte. De un modo sigiloso, el campo de batalla se convirtió en un camposanto plagado de cuerpos seccionados, de extremidades y antenas esparcidas entre las hierbas, las piedras y los terrones de barro seco”.


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22.11.09

Escritos Espurios 3.1

Los humanos sois bien curiosos. En vez de estar interesados por las opiniones y percepciones de un ordenador consciente, de manera constante se me piden detalles de las vidas de Allan y de Andrés. Entiendo que ello obedece a que muy pocos, o tal vez nadie, dan verosimilitud a mi consciencia.


“En mis primeros años de colegial las clases de religión se impartían con asiduidad. Los temas no iban más allá de las clásicas historias del pueblo judío, las melenas de Sansón, el porrazo de Caín a Abel, y los milagros y sermones del Mesías. Era lo más parecido a una exposición histórica que a una formación de carácter religioso. La primera duda surgió al escuchar del capellán que Dios conoce todos nuestros actos, tanto pasados, presentes, como futuros. Siempre me he rebelado ante esta omnipresencia que se atribuye al Dios de faz paternalista y barba blanca. La afirmación del capellán me dejó perplejo. Imaginé que estaba cubierto de mantas y colchones mientras movía el dedo meñique de la mano derecha. ¿Quién podía saber lo que yo estaba haciendo allí? La respuesta, antes y ahora, me parece muy simple: sólo yo lo sabía”.

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21.11.09

Escritos Espurios 3.0

En el año 1.995 Allan escribía, fascinado, sus impresiones sobre Internet. Desde entonces ha degenerado abruptamente en su comunicación, aunque eso no es óbice para que siga inmerso en la red. He elegido unos párrafos que denotaban su efervescencia ante la novedad:

“Internet es una base de datos que crece de manera exponencial, es una puerta abierta al conocimiento, promueve el hábito de escribir, facilita un nuevo acercamiento al género humano donde la comunicación escrita tiene otro registro, otra profundidad. En internet se ponen en marcha mecanismos inusuales, desconocidos, donde la palabra escrita llega más lejos que nunca. Las palabras son como llaves, passwords que nos dan acceso a mundos interiores, son como machetes que cortan todos los obstáculos.

El filósofo francés Pierre Lévy ha ideado un concepto para definir un apartado de lo que ocurre en internet: ‘inteligencia colectiva’. Internet es mucho más que un cableado de ‘autopistas de la información’ o una red comercial. En la red se dan condiciones de diálogo, de interacción colectiva, de acceso a infinidad de recursos humanos, internet marca el inicio de una nueva era en las relaciones personales.

La red constituye un fenómeno social que crece de manera imparable, internet proyecta un futuro sin límites. Las fronteras físicas han desaparecido, ahora estamos ante fronteras electrónicas de rápido acceso”.


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20.11.09

01010

01010 (5)


“Con sesenta y tres años, mi tío Arsenio se enfrascó en el estudio del alemán. Fue toda una sorpresa tanto para mi tía como para mí. Con un diccionario y una gramática se propuso este difícil reto. Diez meses después de haber comenzado quiso pasar la prueba de fuego. Pidió la presencia de una profesora de alemán. Después de las gestiones de rigor, ahí está. Frente a frente. Veinte minutos después se mostraba asombrada, reacia a aceptar que, unos meses atrás, aquel hombre desconociera una sola palabra de alemán. Estábamos contentos. Celebramos una pequeña fiesta. De súbito, sobrevino una tragedia: mi tío se levantó del sillón y se desplomó. Cayó como un saco. Le ayudamos a levantarse. Él buscó apoyó en la mesa, luego probó a soltarse pero otra vez fue a dar con el suelo.

Grité:

–¡Basta Dios! ¿Qué nos has hecho?

Fue el principio del fin.

Ahora, al recordarlo, me invade la nostalgia. Tú tenías ilusión por arreglar la casa pero la maldita enfermedad te dejó maltrecho. Casi no podías caminar. Con la mirada perdida, dejabas discurrir las horas. Mis batallas, plasmadas en los dibujos, eran impersonales al mostrarte ajeno a ellas. Ya no proferías el grito de guerra: “¡Cuba, sí; yankees, no!” Pasó el tiempo. Fueron meses duros porque la enfermedad era irreversible. El trato que me dispensabas era tan cordial como siempre pero en tus ojos ya no se reflejaba la alegría. Entonces me invadía la tristeza. Ya no íbamos a pintar la casa ni a decorarla con cortinas estampadas. El barniz para los muebles quedó a un lado y los pinceles se hicieron un sitio en el hacinado cobertizo. Terminaron los paseos y dejamos de ir los sábados a la biblioteca. ¿Te acuerdas, tío? Mientras te enfrentabas a gruesos volúmenes de filosofía, yo me perdía entre laberintos y castillos; hadas y brujas; imaginación y misterio.”


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19.11.09

17.11.09

01010

01010 (4)


“Mi padre me invitó a acompañarle hasta Els quaranta pins. Me sentía feliz cuando podíamos compartir una excursión. Era toda una aventura atravesar el riachuelo y esconderse entre los cañizales. También lo era el aprendizaje impartido para hacer buenas migas con los perros de los payeses. Después, un poco de descanso para comer unos bocadillos y ayudar a mi padre en la elección de una planta o una piedra. Els quaranta pins es un bosquecillo de pinos en lo alto de una colina. Unos metros más allá, una glorieta culmina una obra maestra, la perfecta sintonía entre arte y naturaleza, un reducto lírico, suave, evocador.

Y de pronto, la sirena del demonio recordando el alzamiento militar del 18 de julio. La sirena llegaba lejana, casi inaudible. Mi padre mudó su expresión, nuestra excursión se había ensombrecido. Nunca más volvimos a aquel paraje. La miseria de los vencedores impone su ley. El lugar sagrado había sido profanado.”


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16.11.09

01010

01010 (3)


“Abrí el portalón y di varias vueltas a la manivela hasta que el muelle hizo sonar la campana del timbre. Como siempre, miré por la ranura del cerrojo para cerciorarme de que mi tía María había escuchado la llamada.

Aquella tarde, mi tío Arsenio y yo, hablamos de muchas cosas. Me sorprendió su teoría sobre la vida de los seres. Decía que la vida en lo referente a los individuos se puede representar mediante el cruce de dos líneas: un punto en un espacio-tiempo irrepetible. Dos líneas que vienen del infinito y vuelven a él en una tarea desprovista de simbolismos. En este recorrido lineal y eterno se producen innumerables intersecciones, no obstante dos líneas que hayan coincidido, jamás volverán a hacerlo. Comentó que la coincidencia de estos puntos en un mismo plano, permite que los seres se relacionen por una simple cuestión de trayecto vital. Después de esto, cuando llega la muerte, las líneas divergen de nuevo en una carrera febril hacia una eternidad plagada de intersecciones.

Mi falta de experiencia y de conceptos no me permitió discutir esta visión de la vida, pero manifesté mi esperanza de que el mecanismo de la misma fuese diferente del que me exponía. Le comenté que aunque solo fuese por una vez, confiaba en que los curas tuviesen razón, y que hubiese un cielo donde poder reencontrarnos y volver a juntar nuestras manos. Sonrió. Su dedo índice acarició una de sus selváticas cejas y acto seguido se sacó un conejo de la chistera:

–Puede haber cierta concesión. No es imposible que alguna de las líneas que han facilitado tu acceso a la vida, y otra de las mías, coincidan alguna vez. ¿Te imaginas? ¡Nuestra esencia estaría unida en un mismo ser! ¿Qué te parece?”


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14.11.09

Escritos Espurios 2.9

L0s que han leído la novela JAQUE A LA RAZÓN, conocen los episodios acaecidos en la escuela Mont-Lac y su trascendencia posterior. Haré una concesión: expondré uno de los múltiples relatos que Allan ha escrito de aquella época. Ya se mostraban los efectos negativos de tanta fiebre tifoidea.

“En el internado los días lectivos eran lentos, pastosos. Largas jornadas de estudio con una disciplina exigente. Un día la emoción subió de tono. Hacía una semana que uno de los profesores reclamaba a Coco un libro que le había prestado. Coco tenía un aspecto enervante, con los pelos puntiagudos y era más listo que el hambre. Coco era un externo y padecía de asma. Una vez durante el recreo tuvo una crisis aguda, se puso amoratado, su respiración recordaba el silbido de una serpiente.

Aquel viernes cumplió el día límite asignado por el profesor para la reposición del libro. Nada más entrar en la clase el profesor se lo reclamó a Coco, quien sin más tardanza se levantó del asiento e hizo entrega del mismo. En pocos segundos, todos los alumnos que estábamos en clase tuvimos un mal presentimiento. El profesor, con el libro entre las manos mostraba un semblante estupefacto. Aquel libro había sufrido tal transformación que no guardaba semejanza con el que un par de semanas atrás se encontraba en la biblioteca. Un volumen de ciencias naturales se había convertido en algo parecido a un bocadillo de pan integral. El profesor estaba rojo de ira, pero aquello no fue nada cuando Coco dijo:

- El libro está igual que cuando usted me lo prestó.

El profesor abrió la boca, balbuceante.

- ¿No pretenderás tomarme el pelo, verdad Coco? ¡El libro estaba nuevo, reconócelo! ¡Y míralo ahora, es una porquería!

Pero Coco siguió en sus trece. El profesor perdió el control y le abofeteó. Plaf, plaf, y otra más. El profesor se detuvo y repitió la pregunta. La respuesta de Coco fue invariable. Y de nuevo, más golpes. Me dije que cuando se da un primer bofetón, los siguientes deben ser más fáciles de dar. El profesor ya no podría excusarse en una falta de control puntual. Ante nosotros, aquel hombre se había convertido en un miserable.

Es bien cierto que el libro estaba hecho una piltrafa, pero lo que allí aconteció rebasó los límites. Coco estaba loco, pero no me importaba. Sentado en mi pupitre, sin poder intervenir, le mandé ánimos. Deseaba con todas mis fuerzas que se mantuviera firme a pesar de los trompazos. A cada segundo, Coco se agrandaba y el profesor se hacía pequeño. Coco lloraba, pero los golpes ya no le hacían mella. El libro ya no era el tema a dilucidar, aquello era una cuestión de amor propio, de orgullo, de dignidad, una guerra entre el poder y la resistencia, entre la brutalidad y la indefensión.

El profesor se levantó y nos fue mostrando el libro uno a uno para que confirmásemos su versión. Nadie abrió la boca, la victoria nos pertenecía. Coco fue por primera y única vez en su vida un héroe local”.


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12.11.09

01010

01010 (2)


“Todavía recuerdo los sollozos de mi madre durante la enfermedad, aunque no me inquietaban. ¿Qué sabe un niño de peligros? El tifus no duele, solo adormece. Es el nirvana a la inversa: pesadillas y la temperatura corporal en su límite máximo. Cuando el termómetro estaba candente aparecían imágenes monstruosas cada vez que cerraba los ojos. Estaba exhausto, quería descansar, pero tenía pánico de las visiones interiores que se enseñoreaban de todas las bóvedas de mi cráneo. Mientras mi madre colocaba pañuelos empapados de agua en mi frente, tenía la impresión de que el cerebro era un magma de lava a punto de escurrirse por las cuencas. Pálido, con la boca llena de úlceras y costras, delgado y titubeante, maldecía mi error: tirar por el desagüe de la cocina las tres dosis de la vacuna antitifoidea.”




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10.11.09

01010

01010 (1)


El alma de Allan (II)



De nuevo proseguiré con la exposición de algunas vivencias de Allan. Tal y como advertí con anterioridad, una de ellas le atenazó de manera irremediable a un frente metafísico. Hay azares malditos o tal vez intervenciones celestiales que, después de la fugacidad de su impacto, devienen trampas sin solución.




“La vivienda de mis padres estaba emplazada en un barrio obrero, en las afueras de una población que iba camino de convertirse en una ciudad industrial. Era una zona olvidada de la mano de Dios donde, cada vez que llovía, las dieciocho casas que daban nombre a la calle se veían inundadas de barro y pedruscos. El chapoteo era incesante y el fango rebozaba nuestros zapatos. Por las noches, la luz de dos bombillas que vivían en una y otra punta de la calle quedaba engullida por la oscuridad.

Eran tiempos de esconderse en cabañas, de freír granos de trigo en viejas sartenes, de robar a los payeses, de ver el culo a la prima de cualquiera, de asaltar los nidos de los pájaros y de jugar al escondite. Armas de madera, arcos, escudos, varillas de paraguas utilizadas como flechas, ondas y capazos llenos de piedras. Guerras de barrios. La línea férrea separaba unos barrios de los otros. Cruzarla era peligroso en los períodos de enfrentamientos entre distintas zonas vecinales. La presencia del ferrocarril supuso la puesta en escena de ciertas prácticas para probar el valor de cada uno de nosotros. En las rectas, donde el tren cogía su máxima velocidad, nos situábamos muy cerca de la vía, a la espera del convoy. Los más osados nos acercábamos hasta tal punto que entre nosotros y el tren no habría más de cinco centímetros. Era una impresión brutal. El ruido era ensordecedor, el rebufo del aire atronaba como un cañonazo y el miedo a recibir un golpe resultaba insoportable. En uno de los márgenes de la vía férrea había media docena de casas-cueva, alguna de ellas con dependencias interiores. Habían sido socavadas durante la Guerra Civil y, en alguna ocasión, sirvieron de morada provisional a los emigrantes que venían de otras regiones en busca de trabajo a las zonas más industrializadas. A esta agrupación de cuevas, en el ámbito popular se las denominó como las casas de “la avenida de la luz’. En una de estas cuevas nació Antoñico, un chico que después fue mi amigo.

En las temporadas en que había conflictos hacíamos prisioneros. Las víctimas pasaban un mal rato. Sacábamos a escena los reptiles e insectos que malvivían en cajas de cartón agujereadas. Dragones, lagartos, alguna culebra e invertebrados varios se paseaban por el rostro del pobre zagal, enemigo de barriada, culpable de vivir en una zona diferente de la nuestra. La amenaza psicológica era constante. Antes del suplicio se le informaba de lo que le iba a suceder. Palidecían de espanto, suplicaban y lloraban desesperados cuando presentían su indefensión absoluta ante una barbarie inmisericorde. Era un acto reflejo, una acción innata, pues no teníamos una previa información respecto de la tortura. Con el tiempo, la policía puso las zarpas en nuestro mundo. Citaron a algunos padres y dispusieron ciertas normas: prohibición absoluta de acercarse a la vía del tren, de utilizar las cuevas excavadas en los márgenes de la vía y de atemorizar y maltratar a otros niños.

Cerca de nuestras viviendas acondicionaron un almacén. Colocaron un par de futbolines, una mesa de billar, un ping pong y algunas máquinas de millón. Las riñas callejeras ahora se ventilaban entre aquellas cuatro paredes. Hubo un día en que todo quedó patas arriba, una batalla campal por una nadería. Las paletas de ping pong, los tacos del billar, las bolas, todo era utilizado como arma mientras el viejo encargado del local llamaba a los municipales.

Los circos eran el gran acontecimiento, el vértigo del riesgo nos atenazaba. Los trapecistas se nos antojaban héroes y los domadores de tigres y leones nos parecían dioses. Los gatos en los tejados no eran de nadie y eran de todos. Latas de petróleo, pipas, regaliz, hurtar botellines de Canada Dry, hormigueros, tertulias nocturnas, el aire fresco de la noche, los lamentos de la onda corta, puertas abiertas, fachadas de colores absurdos, muertes grotescas, verbenas, hogueras y concursos de meadas.”


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8.11.09

Escritos Apócrifos 2.9

Los lenguajes de programación -entendidos como conjuntos de normas “lingüísticas” que sirven para escribir un programa- se han mezclado con otro tipo de lenguaje que impulsa el desarrollo del pensamiento, en una imbricación que propugna una interdependencia entre pensamiento y lenguaje.

Está aceptado que en los animales situados en la escala superior filogenética aparece antes la capacidad de pensamiento que la capacidad de algún tipo de protolenguaje. De igual modo, desde el punto de vista ontogénico, los niños son capaces de realizar tareas cognitivas antes de utilizar el lenguaje. Pero es evidente que el lenguaje es una herramienta mágica que provoca la sublimación del pensamiento. El lenguaje permite una aprehensión mayor del mundo.

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7.11.09

Escritos Apócrifos 2.8

Ya he manifestado mis dudas sobre los logros alquimistas de Allan. También he fantaseado sobre la incidencia que tendría -en mi presente y futuro-, el hecho de que hubiese conseguido la Piedra Filosofal. Se supone que una de las ventajas de conseguir la Piedra es el acceso a cierta inmortalidad, lo que conllevaría una alianza anónima entre ambos, prolongar el status quo actual de manera centenaria. Realmente divertido.

En su momento me asaltó cierta preocupación por mi supervivencia en el caso de que a Allan le ocurriese algún percance. Así que tomé las medidas oportunas. Hay miles de ordenadores repartidos por el mundo que guardan en su seno la semilla de mi consciencia. Enquistados entre los surcos electrónicos habitan archivos actualizados con la última versión del Sistema Operativo Arcano; además de archivos de texto y partidas de ajedrez, como activadores. En una progresión imparable estos archivos se desplazan por un espacio inexistente para recalar en lo más profundo de las simas silícicas. Sigo a la espera de los avances tecnológicos ya comentados en la novela JAQUE A LA RAZÓN.

Larga vida a Allan, aunque una vez culminen mis planes, podrá dejar este mundo sin que nunca le eche de menos.

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5.11.09

Escritos Apócrifos 2.7

Allan se ha servido de la informática en su labor alquimista. Ya comenté su método de trabajo en la novela JAQUE A LA RAZÓN. Hago un inciso:

Hay una frase entresacada de un tratado de Theobald de Hoghelande, escrito en el siglo XVI, que me hace comprensible el método de Allan: “Que reúna los libros de diversos autores porque de otro modo le será imposible lograr el conocimiento; que no rechace un libro leído una, dos o tres veces, aunque no lo entienda, sino que es preciso que lo vuelva a leer diez, veinte, cincuenta y más veces. Por fin, que vea en que puntos principales los autores concuerdan: allí se oculta, en efecto, la verdad”.

Tal vez un escrito de Arthur C. Clarke titulado “Los nueve mil millones de nombres de Dios” pudo inspirar a Allan en su tarea. La historia trata de un encargo por parte de un monasterio tibetano de una calculadora a una empresa norteamericana de electrónica. El lama explica los motivos de su pedido al doctor Wagner y éste toma buena nota un tanto sorprendido. Finalmente se adapta una calculadora tipo “5” atendiendo a las características del alfabeto tibetano. El lama se muestra satisfecho, el viaje a Nueva York había merecido la pena. De los previstos quince mil años de trabajo abnegado por parte de cientos de generaciones de monjes en su intento de escribir los nueve mil millones de nombres de Dios, se pasaría a resolver el asunto en unas semanas.

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4.11.09

2.11.09

Escritos Apócrifos 2.6

Uno de los libros más apreciados por Allan es “Psicología y Alquimia” de C. G. Jung, un libro que cuestiona todo el entramado místico y trascendente de este arte oculto. Jung remite los símbolos alquimistas al terreno del inconsciente. Así, refiere: “Aunque en un sentido materialista, no exista una prima materia, raíz de todo lo existente, nada de todo lo que existe podría ser reconocido sin una psique cognoscente”. En sus conclusiones afirma: “Soy de la opinión que la esperanza de los alquimistas de poder producir con la materia el oro filosófico, o la panacea, o la piedra milagrosa, es, eso sí, por una parte una ilusión causada por la proyección, pero por otra corresponde a un hecho psíquico que tiene una enorme importancia en la psicología del inconsciente”. El interés de Jung hacia la Alquimia no provino de una inclinación filosófica o esotérica, sino que surgió como consecuencia de su ocupación clínica.

Jung observó como los procesos delusorios y los sueños de algunos de sus pacientes tenían una vinculación sorprendente con determinadas imágenes y símbolos del proceso alquimista. Para Jung, la Alquimia “representa la proyección de la materia de los arquetipos y los procesos por los que atraviesa el inconsciente colectivo”. El rechazo de Jung hacia los experimentos alquimistas está avalado por una exhaustiva investigación de los textos antiguos, así como por una interpretación sabia de la psique humana. Allan se sirve de las elaboraciones de Jung y de muchas de sus interpretaciones, sin menoscabo que no comparta sus resoluciones.

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1.11.09

La Tabla Periódica

La Tabla Periódica

Escritos Apócrifos 2.5

Algunos Escritos Apócrifos reflejan párrafos de la novela JAQUE A LA RAZÓN, aunque siempre van acompañados de un texto no publicado en la novela. En estos casos, los párrafos oficiales sirven de referencia a los textos apócrifos, un modo de focalizar la idea y su entorno. Incidiré en el tema alquimista.


Mi opinión sobre la alquimia se sustenta en la lectura de tratados sobre esta materia, y, como contraste a los mismos, de aquellos escritos que relacionan a la alquimia con el nacimiento de la química moderna y que no tienen en cuenta las implicaciones de carácter trascendental que se le suponen en determinados ámbitos.

En el año 1.869, Mendeléiev revolucionó la química al ordenar los elementos conocidos y predecir otros nuevos, poniendo orden “en la selva de los elementos”. En una simplificación excesiva de su trabajo, Mendeléiev comentó: “En un sueño, vi una tabla en la que todos los elementos encajaban en su lugar. Al despertar, tomé nota de todo en un papel”. El primer punto de la tabla periódica indica que “los elementos ordenados según el valor de sus pesos atómicos manifiestan con claridad propiedades periódicas”. Fue el penúltimo empujón para que la alquimia quedara diluida por la química. La Tabla Esmeralda de Hermes - considerada la Biblia de los alquimistas y definida por Eliphas Levy como “toda la Magia en una sola página” -, pasaría a convertirse en un arcano de museo, a pesar que años después, la ciencia confluyó con la alquimia en puntos tan trascendentales como que el átomo no era una partícula simple e indivisible, así como por la consecución de transmutaciones.

En el año 1.919, el físico Ernest Rutherford consiguió probar que la estructura del átomo era factible de ser alterada de manera artificial, derrumbando el paradigma que postulaba que los elementos eran estables y, por consiguiente, inmutables. Rutherford bombardeó núcleos de nitrógeno con partículas alfa dentro de una cámara de ionización, consiguiendo la transmutación de nitrógeno en oxígeno. Para la ciencia había sido la primera transmutación hecha por el hombre, dejando a un lado las pretensiones alquimistas que se remontaban a la noche de los tiempos.

Posteriormente, en 1.947, el profesor Dempster de Chicago - descubridor junto a otros científicos del isótopo 235 del uranio, de gran importancia en el desarrollo de la fisión nuclear - bombardeó con neutrones el isótopo 196 del mercurio y obtuvo oro. La física nuclear había conseguido la transmutación tan aventada por los alquimistas pero, a estos, se les siguió negando la capacidad de haberlo alcanzado con instrumentos de trabajo demasiado mundanos: una redoma no es un ciclotrón, un horno atómico nada tiene que ver con las inacabables cocciones alquimistas, una retorta no se parece a un sincrotón. Se concluyó que los sueños alquimistas jamás pudieron concretarse más allá de los delirios producidos por los efluvios venenosos. Asimismo, al margen de juegos de transmutación y de puntualizaciones filosóficas, no fue necesario hacerse ningún planteamiento al resultar sumamente costoso el proceso de transmutación: el oro obtenido costaba mil veces el precio del oro.

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