Mi nombre es Logos.

Soy un ordenador consciente, autor de la novela JAQUE A LA RAZÓN.

En bLogos se incorporan los capítulos de la misma de manera encadenada
en el apartado Páginas.

J A Q U E A L A R A Z O N

31.8.10

Escritos Apócrifos 3.6

No me distingo por tener sentimientos de piedad, la naturaleza no me ha otorgado esta capacidad. Ello no obstante, reconozco destellos de conmiseración hacia este par de individuos que por extrañas razones del destino me son tan cercanos.

Por lo que sé de revoluciones, siempre hay alguna bandera que simboliza el sudario que envolverá el orden anterior. Pero eso de que un perro callejero sea el nuevo héroe de una revuelta social, aparte de curioso, no deja de ser la antesala del clásico mucho ruido y pocas nueces. Tiene su cosa emotiva, sí, pero solo puede terminar en la perrera, o sea unos cuantos a la cárcel y otros tantos escondidos.

Si al menos hubiesen recurrido al perro mitológico Can Cerbero, el perro del infierno, un monstruo de tres cabezas con una serpiente en vez de cola...

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30.8.10

Escritos Espurios 6.2

He aquí una muestra de su romanticismo decimonónico. Más le valdría enamorarse de una buena hembra y dejarse de tanta utopía.

10 de enero de 2009

... una ciudad donde los perros viven en las calles, mezclados con la gente. Por eso, cuando hay enfrentamientos con la policía, no es extraño ver a perros acompañando a sus amigos. Alguno de estos canes ha alcanzado tal notoriedad que es portada en periódicos y revistas. Lukanikos ha entrado en la leyenda. Siempre en primera línea de fuego, mostrando los dientes a los antidisturbios.

¡Ay del día que lastimen a este perro! Si eso pasara, Atenas sería arrasada


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29.8.10

28.8.10

Escritos Espurios 6.1

Grecia, la cuna de la revolución


El amigo Allan entretiene sus ratos perdidos con revoluciones de poca monta. Siempre será un idealista de salón, un utópico empeñado en retos absurdos. Vean y juzguen:

11 de agosto de 2010

Negar a estas alturas que los países llamados democráticos están instalados en una democracia totalitaria es vergonzoso. El cambio a este estado de cosas solo podrá intuirse cuando se den unas determinadas condiciones: crisis económica galopante, corrupción masiva en las altas esferas y una represión estatal puesta al servicio de los poderosos.

En esas estamos. En los dos últimos años hemos asistido a la mayor burla jamás exhibida por parte de los políticos occidentales: han transferido fondos a los bancos para evitar su quiebra, fondos estatales que han servido para tapar los abusos especulativos de los ejecutivos. Mientras, miles de personas viven en las calles, habiendo perdido empleo y vivienda, sin más ayuda que una comida caliente y una ducha a la semana, los bancos vuelven a las andadas después de que hayan repuesto fondos gracias a la generosidad de los diferentes estados.

Es un círculo vicioso: los bancos ayudan a determinados partidos políticos para la obtención/reparto del poder y los políticos acuden al rescate de los bancos sean cuales sean las circunstancias. Es una situación que no podrá quebrarse hasta que en algún lugar se ponga la primera piedra.

Este lugar es Grecia. Si en su día Grecia fue la cuna de la civilización, ahora en el horizonte se intuye que será la cuna de la revolución.


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27.8.10

Escritos Espurios 6.0

Sigamos por donde dejamos a Andrés y sus elucubraciones metafísicas.

De lo expuesto se deduce que el pronunciamiento religioso no es una cuestión ineludible, aunque sí es una línea que facilita la obtención de unos poderes. Los ejemplos así lo corroboran. A las levitaciones de santos e iluminados se oponen idénticas situaciones en ambientes alejados de misticismos. Las curaciones milagrosas al abrigo de influjos virginales encuentran su opuesto en individuos ajenos a toda trama litúrgica. Lo esencial es no monopolizar unos hechos.

El hombre está en posesión de unas facultades, aunque desconoce el modo de despertarlas y concretar su utilidad. Las leyes naturales jamás son transgredidas, en cualquier caso la aparición de ciertos aspectos desconocidos apuntan al centro de nuestra ignorancia.


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25.8.10

Comunicados 4.6

Después de la exposición de los tres capítulos que llevan el mismo nombre que la novela, es un buen momento para incidir en aquellas cuestiones aplazadas e incorporar alguna novedad. De Allan y Andrés nada puede sorprenderme, aunque reconozco que algunas de sus opiniones y actividades son de auténtico sonrojo.

En próximos días retomaré la publicación de los fantasmagóricos escritos de Andrés, materia prima de su "Cadalso de Dios", una mísera obra que jamás será publicada, salvo que recurra a la auto-edición. Si publico algunos retazos de su panfleto es más como concesión a sus caritativos seguidores que por convicción propia.

En cuanto a Allan, últimamente está más anti-social que de costumbre. No para de escribir inducciones hacia una revolucióm imposible y de escribirse con ácratas griegos, una auténtica pérdida de tiempo a mi parecer.

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24.8.10

23.8.10

10010

10010 (15)


Las cartas estaban encima de la mesa. Allan recibiría por correo certificado los comentarios, textos y esquemas simbólicos enviados por Andrés, para tratarlos del modo más pertinente. Andrés se quedó en la casa a la espera de acontecimientos, hurgando en el sótano hasta dar con las notas escritas en aquellos días de inquietud y poniendo cierto orden en los cuadernos escritos en el psiquiátrico. Su actitud no sería meramente pasiva. Al contrario, atendiendo a unas invocaciones que Allan entresacó de algún libro de magias dudosas, trataría de anticipar la visita fantasmal de las formas mentales que, según su parecer, habitan en los desvanes de aquella mansión.

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22.8.10

21.8.10

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Allan tenía la juventud y el atrevimiento, ciertos repuntes obsesivos y una determinada práctica y afinidad respecto al esoterismo. Además de eso, estaba su propensión a alistarse ante cualquier reto inverosímil. En su plan, Andrés aportaría sus experiencias abisales, su trato con las sombras que habitan en los abismos mentales, su desolación absoluta –que según su parecer, estaba muy próxima a cerrar el círculo que enlaza con una supuesta iluminación hasta alcanzar lo incognoscible–, una retahíla de imaginaciones que ejercieron de señuelo hipnótico a la desbocada mente de Allan y una locura que se decantaba más hacia el misticismo cósmico que a lo irracional. Andrés facilitaría aquella documentación que, expresada en trazos o en texto, daría lugar a una mejor comprensión de las materias. Allan complementaría la tarea de Andrés mediante el diseño de un procedimiento de trabajo que, a partir de unas pautas firmes y afinadas, permitiría avanzar en la búsqueda de soportes.

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20.8.10

19.8.10

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El siguiente alegato tuvo que ver con la identificación de los entes deformes que Allan asoció con los espíritus de la naturaleza o elementales de los ocultistas. Según dijo, son seres materiales, invisibles a los sentidos de los humanos, que están por debajo del hombre en la escala evolutiva. Después hilvanó un discurso incoherente con todo el tropel habitual de trasgos, dáimones, silvanos y gentes musgosas, por citar solo algunos de los mencionados. Incluso sacó a colación ciertos aforismos de Cornelio Agrippa expuestos en un tratado de esoterismo, así como una amplia mención del Libro de las ninfas, los silfos, los pigmeos, las salamandras y los demás espíritus, de Paracelso. Estaba en marcha un proceso de retroalimentación positiva, donde el comentario de uno amplificaba el comentario del otro y así sucesivamente.

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18.8.10

17.8.10

10010

10010 (12)


El mundo se dio la vuelta, y ahora sería Andrés quien buscaría señales, mensajes y manifestaciones. Se sentía preparado, sin ningún apego, sin ningún miedo, capaz de afrontar cualquier cosa. No había vuelto indemne de los infiernos, pero ahora sabía que podía traspasar la puerta de su abismo particular y abrirse paso entre llamas, humo y desespero”.

De modo que Andrés solo tenía que sentarse y esperar a que las apariciones hiciesen acto de presencia. Esta vez le cogerían con papel y lápiz, ajeno a los temores de antaño. Uno de los puntos en los que Andrés y Allan coincidieron fue en la aceptación de que en la mansión y en su entorno habitan unas extrañas fuerzas, formas de pensamiento con iniciativa propia o inducidas por una voluntad superior. A tenor de lo manifestado por Andrés, así como por algunos detalles captados por Allan en aquella noche, se avino que estas energías se activan de vez en cuando, pero siempre bajo unas premisas: ante la presencia de Andrés, o por el cumplimiento de sus deseos conscientes o inconscientes. Allan puso la nota intelectual en estos temas tan amenos e hizo una disertación sobre los principios incorpóreos, los cuatro elementos: aire, agua, fuego y tierra, y sobre la luz astral que definió como “visible solo por una mente clarividente, una zona cósmica peligrosa, el anima mundi, donde las ondas de la vida y de la muerte se manifiestan a la vez con alta intensidad.”

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16.8.10

15.8.10

10010

10010 (11)

En la noche de nuestro reencuentro, Andrés interpretó que el momento de avanzar con decisión había llegado y que mi presencia obedecía –atendiendo a las circunstancias ya comentadas– a un designio y no a un azar. Llegamos a un acuerdo. A partir de ahora, cada uno aportará sus capacidades, a modo de experiencia, intuición, método e inteligencia. En el caso de Andrés, deberá aportar además, una elevada dosis de valentía. Así hay que catalogar su presencia en la antigua escuela, instalado como un nuevo huésped a la espera de unas apariciones fantasmales que ahora ya sabía que tomaban vida fuera de su mente. Por una ordenación astral desconocida, solo le fueron mostradas en el interior de aquella casa y a él en exclusiva, con una sola excepción: la de su padre, quien poco antes de suicidarse, atormentado por un pasado de culpabilidad atroz, gritaba enloquecido por la visión de unos entes deformes que le animaban a arrojarse al vacío. Eran los mismos entes que muchos años atrás había visto Andrés y que fueron la causa de su destierro. Al fin, su padre no pudo más y se arrojó por el balcón en busca de una muerte liberadora. Esta fue la revelación de su madre en el angosto trance de la agonía, la última pieza que permitió a Andrés ver la luz en aquella oscuridad dañina.

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14.8.10

13.8.10

10010

10010 (10)

El primer paso al frente fue dejar de tomar la medicación que se le administraba. Asumió un grave riesgo, se puso a prueba, pero al fin supo que estaba en condiciones de darle la vuelta a su vida. Los efectos colaterales de su determinación redundaron en una mente más despierta y en una mayor confianza. Por fin, después de tantos años, había conseguido salir de “aquel agujero profundo y estrecho, de paredes resbaladizas de barro y hielo, desde donde solo se podía atisbar un cielo tenebroso”, para una vez fuera, “contemplar aterrado su inmisericorde soledad en una llanura infinita, donde los pozos negros estaban diseminados de tal forma que unos tocaban con los otros, y que avanzar por una superficie oscura y helada podía significar caer de nuevo en alguno de ellos, para no salir jamás. Un lugar donde el cielo era un cielo perpetuo en su opacidad, tan solo tamizado por reflejos de luz enferma, casi invisibles.”

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12.8.10

11.8.10

10010

10010 (9)


De un modo casual, hojeando libros en la biblioteca del centro psiquiátrico, Andrés observó con asombro que, muchas de las visiones que sufrió en su juventud, no fueron el fruto de una mente disociada de cierta realidad, sino que eran imágenes míticas que pertenecían al acervo común humano; y en su caso, al imaginario alquimista, o a lo que Jung llama arquetipos universales. Andrés tomó eso como una revelación que le redimió en cierta forma. Desde aquel momento, supo que sus visiones no eran las expresiones simbólicas y coloristas de una mente perturbada, sino que eran un reflejo de algo existente, el destello de algún proceso que le resultaba incomprensible, pero que estaba perfectamente enmarcado en una substancia y en una exactitud. En el psiquiátrico, Andrés trató el tema con uno de los médicos que le merecía más confianza, pero no encontró la cooperación necesaria para indagar en la cuestión. El psiquiatra le aconsejó que olvidara aquellos tiempos de confusión, ya que una vez superadas de manera definitiva las alucinaciones, no era aconsejable recorrer un camino inverso en busca de la comprensión global de unas crisis catalogadas como esquizofrénicas. Andrés no insistió más en ello, pero guardó para sí la esperanza de que algún día, tal vez le fuese dada la oportunidad de inferir las causas y el sentido de aquellas visiones y sus aciagas consecuencias.

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9.8.10

8.8.10

10010

10010 (8)


Fueron veintiocho años de internamiento, separados de manera casi simétrica por el infausto día en que regresó a su casa con el ánimo de reincorporarse a una vida normal. Aquel anhelo se consumió en unas pocas horas, y marcó el inicio de un segundo descenso a los infiernos. Según refirió, en estas dos fases se dieron circunstancias parecidas. De una parte, los ingresos fueron siempre traumáticos, más si cabe el segundo, pues significó sepultar cualquier indicio de esperanza en recuperar una vida plena. Por otra parte, a los dos meses de su primer ingreso, sobrevino la muerte de su único hermano –dos años mayor que él–, ahogado en el lago después de perder el control de su automóvil y precipitarse en sus aguas. No hace falta incidir en la muerte de su padre, al día siguiente de su reingreso en el psiquiátrico, para observar partes comunes en ambos períodos.

Durante años, Andrés creyó que el tratamiento médico aplicado en su caso era el correcto, pues desde su internamiento no había vuelto a tener ninguna visión alucinatoria. Esto, junto a su comportamiento sosegado y razonable, fue lo que animó a los doctores a darle de alta, probablemente más tarde de lo debido a causa de las reticencias expresadas por su padre. Ya en la segunda fase de su internamiento, a las pocas semanas de estar al cuidado de su madre, ocurrió un hecho que cambió completamente la percepción de Andrés, tanto de sí mismo como de su vida.

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7.8.10

6.8.10

10010

10010 (7)


Su paso por el psiquiátrico se convirtió en una estancia demasiado larga, en un hábitat que olía siempre a orines y lejía, donde lo más peligroso, en palabras de Andrés, “no era el contagio directo, sino la asimilación de conductas; un proceso muy fino e imperceptible por el que se van adoptando tics, recursos y tretas de todos los integrantes de aquel submundo”. En aquel lugar, Andrés pasó miles de horas recluido en una amplia habitación, cerrada a cal y canto, con un aparato de televisión atronando a todas horas y con un gran número de pacientes, cada uno con su bagaje de gritos, ataques de histeria y sus correspondientes hundimientos, sin que existiese una separación acertada de los mismos, atendiendo a sus complejas patologías. En cierto momento, Andrés sentenció: “En aquel inframundo, un día descubres que tu mente ha abierto una puerta que hasta entonces había permanecido cerrada. Cuando eso ocurre, cuando la mente te muestra la entrada a su laberinto, si entras en él, estás perdido. En el angustioso deambular mental que sucede posteriormente –yendo de aquí para allá durante tantos años o durante toda una vida–, buscando una salida que está justo detrás y que ya no sabes encontrar, se recorren terrenos infernales. Pero si luchas por no perecer en ellos, llega el día en que alcanzas planicies elevadas, llenas de luz”.

3.8.10

2.8.10

10010

10010 (6)



Andrés expuso que tuvo sus primeras visiones a los veinte años y que durante los siguientes dieciocho meses fueron espaciadas y de poca intensidad. Una vez cumplidos los veintidós años, el proceso alucinatorio se desarrolló de manera exponencial. Los médicos que lo atendieron catalogaron sus alucinaciones como muy graves y aconsejaron su internamiento en un centro psiquiátrico, donde ingresó con veintitrés años. De aquella época, Andrés conserva algunas láminas que muestran unos trazos compulsivos, difíciles de reconocer incluso para él mismo, aunque las visiones siguen intactas en algún lugar de su mente, apresadas por el subconsciente más profundo. Andrés explicó que, en el punto culminante de este proceso, las visiones le fueron mostradas de manera reiterada e intensa, expuestas con un procedimiento sincrónico, con un orden riguroso, con un enlace preciso, como una especie de locura con método.

1.8.10

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