Mi nombre es Logos.

Soy un ordenador consciente, autor de la novela JAQUE A LA RAZÓN.

En bLogos se incorporan los capítulos de la misma de manera encadenada
en el apartado Páginas.

J A Q U E A L A R A Z O N

31.7.10

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10010 (5)

Andrés refirió que en su juventud tuvo unas visiones que fue capaz de transcribir en algunos de sus trazos esenciales. En sus primeras crisis, Andrés, espantado, buscaba la complicidad de las personas que acudían a socorrerlo alarmadas por sus gritos. Con la cara desencajada por el pavor, señalaba con el dedo índice el lugar donde las apariciones de unos seres deformes le mostraban unas láminas luminosas que contenían figuras geométricas, textos en latín y símbolos que le resultaban incomprensibles. Andrés no tardó en advertir la inutilidad de buscar amparo en otras personas: sus padres, un hermano, familiares, amigos de la familia, miembros del servicio doméstico; y sufrió en carne propia el terrible estigma de ser catalogado como loco por una familia social reducida, voraz en su disección entre lo adecuado y lo inadecuado. Cuando Andrés comprendió esto, se arrinconó en su desconcierto y horror, pero ya era tarde para cambiar el curso de los acontecimientos. Taciturno y aislado, se deslizó por una vorágine imparable. La fuerte medicación que le administraron no sirvió de nada, si acaso potenció todavía más unas secuelas de inadaptación y de pérdida de noción de la realidad. Un embotamiento persistente lo ancló en la pobreza del habla y en la abulia.

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30.7.10

29.7.10

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10010 (4)


Después de la despedida, Allan se acercó hasta el pueblo para tomar un café y comer un poco. En el bar Baldi hizo algunas pesquisas con el propósito de recabar toda la información posible de las vicisitudes acontecidas en la escuela, pero las mismas no le aportaron mucho más de lo que ya sabía. Si acaso, la confirmación de que existe un aura de temor que abarca un radio de unos trescientos metros alrededor de la mansión. Existe un miedo absoluto a poner los pies en la casa de los Damier. Un miedo que se alimenta de las leyendas amparadas en la oscuridad y el silencio. Un miedo que se hace tangible por las muertes y los desarreglos mentales ocurridos en ese escenario a lo largo de los años.

A los pocos días de aquel encuentro imprevisible, Allan hizo una transcripción del mismo con un estilo excesivamente dado al trascendentalismo. Una parte de la conversación ya ha sido referida. Lo que sigue a continuación realza más si cabe la tragedia de Andrés y enmarca su vida en una biografía maldita. Allan lo cuenta así:

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26.7.10

25.7.10

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10010 (3)


Andrés se asemeja en ciertos aspectos al personaje del mismo nombre, creado por Pío Baroja en El árbol de la ciencia. En uno de sus pasajes dice así: “Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido. Andrés se inclinaba a creer que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemática. El mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente constituía una desgracia, y solo la felicidad podía provenir de la inconsciencia y de la locura.” Ahora, Andrés ya tenía un plan, un trato y un socio inconsciente. La locura era cosa suya.

Allan se sintió atraído, enseguida, por aquella marabunta de ficciones. En el pacto establecido, su labor consistiría en tratar con rigor los contenidos aportados por Andrés, así como la búsqueda y ordenación de aquellas herramientas necesarias para su desarrollo. Se marcaron unas prioridades y, aunque todos los temas estarían abiertos de manera permanente, la alquimia fue el material elegido como preferente. De este modo, se enlazaba la primera hipótesis de trabajo con las perturbaciones mentales que Andrés padeció en su juventud.

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24.7.10

23.7.10

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10010 (2)


Muy avanzada la madrugada, sellaron un convenio de mutua colaboración. Encajaron sus manos y marcaron un calendario de actuaciones. La cuestión derivó hacia reflexiones donde la abstracción campó a sus anchas en un desatino ilimitado. Velázquez, uno de los personajes de Jan Potocki, expresa que “la abstracción no es otra cosa que una sustracción”. En el caso que nos ocupa, si a las estipulaciones entre Allan y Andrés les quitamos el sentido común y la circunspección, nos encontramos ante una enajenación pactada. A grandes rasgos, el acuerdo, todavía vigente, consiste en la coordinación insensata de los delirios de Andrés y su posterior desarrollo. Las fabulaciones comprenden varios contenidos más o menos descabellados. Detallaré los más significativos: identificación de los puntos débiles de Dios; un análisis permanente de cada pormenor, hasta distinguir con precisión el alcance del destino común en el que están inmersos, y llevar a la práctica las consideraciones alquimistas que se desprenden de ciertas láminas dibujadas por Andrés. Esas láminas fueron garabateadas antes de su primer internamiento. Andrés juró que habían sido copiadas de la luz astral quedando a la espera de volverlas a reproducir en toda su extensión. Para la consecución de estos objetivos, convinieron un período máximo de cinco años y pactaron un intercambio epistolar quincenal, así como un encuentro presencial cada seis meses. Allan, durante ese tiempo, intentaría elucidar y encauzar aquel caudal de quimeras y utopías planteadas por Andrés, hasta convertirse en el espejo de los desvaríos de un hombre roto por un pasado desmesurado.

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21.7.10



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20.7.10

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Jaque a la razón (III)



Y así toda la noche, implicados en una cháchara interminable. Allan escuchó a Andrés con suma atención, pero en modo alguno, en el transcurso de aquella conversación, se dejó seducir por ningún atisbo relacionado con la idea de destino que Andrés defendía con tanto énfasis. A pesar de ello, Allan se dejó llevar por una marea que inundó su mente. Una marea que esgrimía muchos razones, entre ellas la misma por la que el almirante Langlais –protagonista de la novela Océano, de Baricco– acogió en su palacio al náufrago Adams: “No quería salvarlo. No era exactamente eso. Quería salvar las historias que vivían escondidas en su interior”.

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18.7.10


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17.7.10

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10001 (19)

Se quedó pensativo, ensimismado. De nuevo, prosiguió.

–Retomaré el curso de los acontecimientos. Un par de meses después de la muerte de mi padre y del internamiento de mi madre, el director del psiquiátrico me comunicó los trágicos sucesos. El retraso en la comunicación se debió a la postración en que estaba inmerso como consecuencia de mi reingreso en el centro y al modo cómo sucedió. La noticia tuvo efectos devastadores en mi estado psicológico. Tardé más de ocho meses en ser capaz de hacer frente a la vida, a mi infortunada vida. Cuando mi mejoría comenzó a despuntar, recibí la visita del alcalde y del notario del pueblo donde está ubicada la escuela y donde yace enterrado mi padre. Acudieron al psiquiátrico para hacerme entrega de algunos documentos, las llaves de la casa y las últimas voluntades de mi progenitor según testamento. Pasó el tiempo y las cosas volvieron a un cauce de cierta normalidad. El consejo de médicos del centro psiquiátrico avaló de nuevo mi capacidad para llevar una vida fuera del mismo. Me animaron a ello, pero les hice un planteamiento que difería de sus buenos propósitos. Les pedí quedarme en el centro para colaborar con ellos en el trato con los enfermos. El psiquiátrico se había convertido en mi hogar y no tenía a nadie fuera de allí, salvo a mi madre. El director fue sensible a mi ruego y a través de varias gestiones consiguió que mi madre fuese trasladada al centro psiquiátrico donde yo residía. Me convertí en su enfermero y en su sombra. Tuve la oportunidad de cuidarla, de llenar de cariño sus cavidades vacías de recuerdos, sin recoger a cambio ni una palabra de esperanza. Murió hace una semana. En su agonía burló el maleficio que le apartaba de la vida, o que tal vez le preservó de ella. El estertor de la muerte fue capaz de derribar la lápida que le impedía salir del laberinto ciego en el que estaba perdida. Dijo algunas palabras, casi ininteligibles, pero fueron suficientes para descifrar algún arcano. Fue entonces cuando decidí tomar posesión de mis bienes.”

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16.7.10

15.7.10

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10001 (18)


Me tomé un minuto para reflexionar. Parecía que aquel hombre descargaba todas las tragedias de su vida en la inexorabilidad del destino. En su situación, era un ardid necesario e inteligente que permitía la conversión de un cúmulo de desgracias en un cáliz de presunciones. Me era conocida la resignación de los creyentes de la ley del karma ante los avatares de la vida: a cada causa le corresponde un determinado efecto. La idiosincrasia de tal filosofía permite asumir la vida atendiendo a la necesidad de un aprendizaje o del cumplimiento de una penitencia, que concederá la redención de aquellos errores cometidos en vidas anteriores. Quise averiguar si Andrés se refería a eso.

–¿Esto que usted comenta tiene que ver con la doctrina de la reencarnación?

–Para nada. He leído algunos libros que defienden esta doctrina. Como simple suposición las reglas del juego me parecen razonables. Reconozco que es de una ética exquisita la moralina que envuelve a la doctrina del karma. Pero cuando le hablo de destino no me refiero a un supuesto intercambio de papeles pactados de antemano con el objetivo de evolucionar espiritualmente.

–Entonces, ¿a que se refiere exactamente?

–Este material habita en terrenos fangosos. No es un material a nuestro alcance. De tanto en tanto, algunos hombres son elegidos para llevar a cabo alguna misión que nada tiene que ver con su vocación, ni con su evolución espiritual. En estos años, he tenido revelaciones que fomentaron mi creencia en ello, pero me faltaba la confianza, la voluntad necesaria para afrontar con firmeza mis intuiciones.

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14.7.10


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12.7.10

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10001 (17)

– Creo que el destino es un cúmulo de circunstancias que acompañan al hombre desde su nacimiento hasta su muerte. Uno nace donde nace, con una herencia biológica definida, en un entorno social concreto... Estas características y otras más inducen un determinado destino. Pero más allá de eso, si se refiere al destino como un plan cósmico diseñado para un individuo o para miles de ellos o un plan cósmico para toda la humanidad, si se refiere a mandatos o a sucesos que deben cumplirse de manera irrefutable, le manifiesto que no creo en ello.

Me contravino.

– Nuestra vida nunca nos pertenece de un modo absoluto. La mayoría de las veces está tan mediatizada que se asemeja a una cárcel sin barrotes. Una vida en condiciones adversas marca para siempre nuestro devenir, a veces de manera fatal e inexorable. No puedo demostrar lo que voy a manifestarle, pero de los abismos de mi vida he entresacado algunas conjeturas. Una de ellas aduce que el azar sería el oponente del destino. Bajo la tutela del destino, los hechos se sucederían de un modo necesario y fatal, en una composición en la que el destino se convierte en una camisa de fuerza con ataduras de acero que nos aprisiona desde antes de nacer. Alterar el destino sería la función del azar. Destino y azar, enfrentados desde la eternidad más lejana se disputarían cada molécula, cada mota de polvo, cada ser vivo, cada uno de los infinitos universos sembrados en los agujeros negros esparcidos en dimensiones desconocidas. Si el destino y el azar compiten por cada átomo de materia y por cada mónada del espíritu, entonces ninguna acción es banal. El azar y el destino completarían la lista de principios eternos que luchan entre sí: el Bien y el Mal; la Luz y las Tinieblas; el Espíritu y la Materia... Son conceptos que intentan definir a dos fuerzas enfrentadas, un dualismo cósmico que trasciende a los tiempos, que va más allá de las cavernas siderales. Hay vidas a las que el destino presta poca atención; pero otras, viajan en trenes blindados y son llevadas a mundos previstos, sin que el viajero sepa que es en vano luchar contra su inercia. El destino es, en estos casos, un bozal que pone al hombre a la misma altura que un ratón de laboratorio, partícipe de alguna causa superior en un designio opresivo, sujeto a los caprichos de algún dios menor que lo enloquece con descargas eléctricas o inyecciones letales. En estos supuestos, el destino proviene de un plan predeterminado y, por tanto, es susceptible de ser conocido y, por ende, alterado...

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11.7.10

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10001 (16)

Aquel hombre iba demasiado lejos. Moví la cabeza en señal de desaprobación y, aunque reconocí la singularidad de aquel encuentro, aduje una explicación que contradecía la suya.

– En ocasiones, a lo largo de nuestras vidas, reflexionamos sobre si lo que nos acontece es azar o destino. Todos tenemos momentos que ensalzan esta duda. Su historia es muy trágica. Probablemente, este rasgo le aproxima más a una visión de destino que ahora se ha disparado con este reencuentro. Este hecho significativo le sirve de lazo de unión con todo lo demás. Usted prefiere tener un destino, le entiendo por ello, pero en mi opinión nuestro encuentro de esta noche se explica por la influencia del azar. Un azar sublimado, sí; pero azar al fin y al cabo. Pensar en la mecánica del azar produce desasosiego. Cuando mi mente divaga en exceso al respecto, utilizo una convención que sirve de disolvente de todas las zozobras. Me digo que el mundo es un inmenso hormiguero donde, cada hora, se constatan millones de hechos intrascendentes; pero que, en este ir y venir sin descanso, algunos de estos hechos presentan una coincidencia de elementos que los resaltan como especiales, mágicos, casi divinos, cuando en realidad no son más que la probabilidad estadística de que alguna vez ocurran cosas que se entienden como poco verosímiles o como fuera de lo común.

Meditó mi respuesta para posteriormente hacerme una pregunta.

– ¿Cree usted en el destino?

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10.7.10

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10001 (15)


–¿A qué se refiere?

–Desde aquella lejana partida, mis consideraciones siempre derivaron en desentrañar si todo había sido fruto del azar o de un destino impenetrable. El azar es caprichoso. Cuando se analizan sus ritmos y pulsos, cuando el azar te golpea con sus aspectos más negativos, se siente perplejidad, angustia y mucha rebeldía. El simple vuelo de un mosquito puede desembocar en una desgracia, un segundo de más o de menos implica un inmenso abanico de opciones desconocidas... Cuando la idea del azar tomaba cuerpo en mi mente, cuando llegaba a pensar que nada de lo sucedido tenía significación más allá del infinito dolor, una espantosa pesadumbre me dejaba abatido. Entonces, buscaba refugio en la idea del destino. Quería convencerme de que detrás de todo el calvario que me ha tocado vivir se escondía algún propósito, alguna prueba superior que diera sentido a mi vida. Durante todos estos años me he debatido entre estas dos posiciones como un péndulo sin rumbo. Hasta esta noche. Usted me ha comentado que no había vuelto por aquí desde su marcha. Ahora se cumplen casi quince años de ello. Tiene usted que saber que yo no había puesto los pies en la casa desde aquella maldita noche... Al verle, al identificarle, tuve una revelación inmediata, al reconocerlo supe que ya no se trataba de azar, se trata de destino.

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9.7.10

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10001 (14)


Una sensación de inquietud invadió todas las cavernas de mi cerebro, empapando mi mente de emanaciones plomizas. El tiempo se encontraba anclado por la acción coordinada de incontables fuerzas. Andrés no se detuvo.

–La escuela fue clausurada. Los niños encontraron refugio en hogares de gentes del pueblo, hasta que sus padres fueron a recogerlos un día o dos después de la desgracia ocurrida. En aquel intervalo de tiempo se convirtieron en voces interpretando un réquiem. Cada palabra, cada detalle, coadyuvó a que un miedo desconocido levantara una muralla invisible alrededor de la casa. Desde la capital del departamento enviaron a un grupo de psicólogos para aliviar inquietudes, sin demasiado éxito. Los profesores colaboraron con las autoridades en ilustrar los sucesos, antes de partir hacia sus domicilios. La señora Amparo atendió a mi madre hasta que fue ingresada en un centro para personas ancianas dementes. Mi padre fue enterrado sin ninguna pompa, con la presencia testimonial del alcalde, un par de profesores, un amigo del pueblo y el sacerdote que ofició el trámite. Finalmente, la escuela y su mundo quedaron sumidos en un silencio compartido por todos. ¿Qué le parece?

Me quedé estupefacto. En boca de Andrés aquel tropel de noticias infames parecían acusarme. Me referí a eso.

–Una cosa es aceptar que una decisión implica un remolino de sucesos impensables, y otra muy distinta, sentirse culpable por haberla tomado. Cada uno tiene su responsabilidad, cada uno tiene una historia con todo su bagaje de frustraciones y desarreglos. Lamento lo sucedido. No obstante, le diré que me siento desvinculado de ello, sin que eso contradiga mi aceptación de que un acto tan inocente, como dejarse ganar una partida de ajedrez, pueda desencadenar un infierno.

–No tiene que sentirse culpable de nada. No se trata de eso. Si he entrado a fondo en esta cuestión ha sido porque usted y yo, esta noche, vamos a descubrir qué es lo que se esconde detrás de este drama que ahora ya conoce.

Iba de sorpresa en sorpresa.

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8.7.10

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10001 (13)


Pasaron varios minutos desde las últimas palabras de Andrés. Me di cuenta de que era un hombre que medía bien los silencios.

– No sé si su argumentación tiene algún punto débil, pero hasta que no lo encuentre, aceptaré la hipótesis de que dejarle ganar la partida fue el origen de una serie de eventos insospechados. La vida es azarosa. Muchas veces este azar es inmisericorde. Probablemente, no es más que una fuerza ciega que cambia vidas sin atender al sentido de sus acciones. Lamento las consecuencias que se derivaron de mi decisión. Si estuviese en mi mano la posibilidad de rebobinar nuestras vidas hasta aquella partida de ajedrez, le aseguro que no me detendría ante valoraciones de conmiseración.

Andrés pareció satisfecho por mis palabras y retomó la sucesión de los hechos.

– Una vez que hemos llegado a un punto de concordancia, proseguiré con la secuencia de lo que ocurrió. Desgraciadamente, hubo mucho más de lo que usted pueda imaginar. Una parte de la historia ya es conocida por usted. Pasada la medianoche, pocos minutos después de haber conciliado el sueño, dos enfermeros llegados del psiquiátrico donde estuve internado se abalanzaron sobre mí para devolverme al lugar de origen. Nunca he estado loco, pero aquella pesadilla diseminó mi razón. Maldije a mi padre y la maldición se concretó veinticuatro horas después.

Pude intuirla.

–Dios mío... –musité.

Andrés confirmó mi sospecha.

– En un comedor en penumbra, abatidos por años de dolor y amargura, cristalizaron rencores atávicos. En una discusión inacabable, derivada de la decisión unilateral tomada por mi padre de enviarme de nuevo al psiquiátrico, mientras mi madre le acusaba una y mil veces por no haberle consultado nada, mi padre abrió este ventanal y se arrojó al vacío en su presencia. Un alarido desesperado estremeció el silencio de la noche. La cabeza de mi padre reventó como una sandía, mientras mi madre se hundía en las tinieblas. Fue el preludio de una noche muy larga y dolorosa en la que el pánico se adueñó de todos. Cuando corrió la voz de que el director yacía cadáver, en medio de una balsa de sangre en la entrada de la puerta principal, un paroxismo demencial invadió las mentes de profesores y alumnos. Algunos, a medio vestir, recogieron sus pertenencias y huyeron de la mansión, despavoridos, en dirección al pueblo, bordeando un lago negro como la noche; otros, arrinconados en el patio, esperaron asustados la llegada de médicos y policías. Fue una madrugada que amputó el sosiego de muchas personas de por vida y que sumió para siempre a mi madre en un agujero negro, un lugar donde se pierden los sentimientos y los recuerdos para no ser recuperados jamás. Fue como si hubiese sufrido la aplicación concatenada de mil electroshocks incandescentes, impuestos sin ninguna piedad. Se cuentan muchas historias de aquella noche. Parece ser que se oían voces, que los objetos se movían sin causa aparente, que un vendaval ululante marcó un territorio letal, donde la única ley de suelo imperante fue la ley del terror. Han pasado los años y el entorno de la escuela no ha cambiado. El miedo a acercarse hasta aquí no se ha disuelto. Le aseguro que nosotros hemos sido los primeros en entrar en la escuela desde aquella noche...

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6.7.10

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10001 (12)


Guardó silencio a la espera de mi aprobación. Le invité a proseguir.

– Se tendría en cuenta los minutos diarios que el accidentado pasaba en la parada del autobús y, además, a los miles de vehículos que cada día circulaban por la avenida. La conclusión sería que, dada la situación de riesgo que asumía diariamente la víctima, quien fuese el causante del accidente no tenía la menor trascendencia. La importancia del caso recaería en la reincidente exposición al peligro por parte del accidentado. Por tanto, se podía determinar que un día u otro tenía que pasarle aquello, y que si hacía diez años que reincidía en su exposición al peligro sin haber sufrido ninguna desgracia, ello se debería a alguna influencia virginal, y que loado sea el Señor...

Me miró con cierto desafío. Andrés conocía la eficacia de aquel razonamiento.

Cerré los ojos de nuevo. Puse los nudillos de los dedos índices en mis cejas, recorriéndolas. Su argumentación tal vez fuese falaz pero se ajustaba plenamente a su visión de los acontecimientos. Hice un pareado con personajes y situaciones: la víctima del atropello sería Andrés. Mi papel sería el de conductor causante del accidente involuntario. El perro representaba la angustia de Andrés al intuir que iba a perder la partida. El giro del volante encarnaba mi decisión de dejarle ganar la partida para evitar su pesar. Los automóviles circulando de manera nerviosa por la autovía simbolizaban la personalidad iracunda e inflexible de su padre. Por último, la partida de ajedrez semejaba un acto tan inocuo como el ir cada día a la parada del autobús. En este juego de parejas, pude distinguir que mi exculpación era parecida a la que había otorgado el juez imaginario: una exculpación necia. La versión de Andrés radicaba en que cada acto genera por sí mismo un caudal de interacciones únicas e irrepetibles y, que por tanto, cada decisión incide en los hechos posteriores a la misma. No me quedaba más remedio que asumir que un acto de compasión había sido el causante de una serie de carambolas inesperadas. Sin tal compasión, el curso de la vida de Andrés y de su familia quizá hubiese sido completamente diferente. Llegar a esta conclusión me dejó desconcertado. Entre tanto, una extraña responsabilidad comenzaba a aplastarme, mientras crecía un anhelo por conocer todos los detalles de lo ocurrido.

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4.7.10

3.7.10

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10001 (11)


Andrés se tomó un respiro. El silencio se adueñó de la estancia. Cerré lo ojos y me froté las sienes. No me resultó difícil deducir que aquel altercado y sus derivaciones tuvieron como consecuencia final el reingreso de Andrés en el manicomio, aunque no acertaba a valorar el cúmulo de repercusiones que Andrés había esbozado. Una rápida consideración me presentó argumentos suficientes para desactivar todas sus conjeturas. Los expuse antes de que Andrés prosiguiera su relato.

–El modo que tiene usted de exponer los hechos es sesgado. Parece que lo más importante hubiese sido mi decisión de dejarle ganar la partida, cuando, en realidad, el desencadenante de los acontecimientos fue, de manera esencial, la actitud adoptada por su padre en relación a usted. Acepto que la discusión sobre la partida propició unos hechos, pero convendrá conmigo en que de no haber sido ése el motivo hubiera sido cualquier otro. Unas horas o unos días después, su padre hubiera encontrado una causa convincente para forzar situaciones de menosprecio parecidas y desatar acontecimientos similares.

Su réplica fue rápida. Tuve la impresión de que ya se había cuestionado cualquier variable y de que tenía una respuesta para todas las posibles oposiciones.

–Sus razonamientos son meras suposiciones. Eso que usted dice entra dentro de lo posible, pero el único hecho demostrado, y de consecuencias concretas, es lo que he relatado. Le pondré un ejemplo que espero le hará ver las cosas de otro modo: imagine a un hombre en una parada de autobús, esperando la llegada de uno de ellos. La parada está en una avenida muy concurrida donde los vehículos circulan a gran velocidad. Suponga ahora que un coche pierde el control y atropella al hombre en cuestión. Suponga que las consecuencias del accidente son tan graves que dejan al hombre en una silla de ruedas para el resto de sus días. Una vez analizados los hechos, el abogado defensor del conductor esgrimiría ante el juez unos argumentos parecidos a los expuestos por usted, con la finalidad de exonerar a su defendido de cualquier responsabilidad. El abogado haría hincapié en el carácter involuntario del accidente. Insistiría en el hecho irrelevante de que el accidente pudiera ser fruto de una distracción del conductor, que pudiera deberse a una situación imprevista como un giro brusco del volante para evitar el atropello de un perro que había escapado del control de su dueño... Pues atendiendo al dictamen de un juez, se admitirían como coherentes las exculpaciones del autor del atropello en cualquiera de los casos. ¿Qué exculpaciones son ésas?

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2.7.10

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10001 (10)


Recliné el cuerpo en el butacón, me puse las manos en la nuca y eché la cabeza hacia atrás. Respiré profundamente. Una reflexión demasiado simplista me hizo adoptar una mentalidad social, la misma mentalidad que encasilla a ciertas personas en celdas de reclusión para locos. Pensé que sus razonamientos eran ilógicos, que era carne de manicomio, que no era capaz de delimitar los actos y sus consecuencias. Estuve a punto de relajarme, cuando Andrés tomó de nuevo la palabra.

– Después de haberme dejado ganar la partida, al marcharse usted, mi padre se presentó en el comedor. Me preguntó por el desenlace de la misma y, en mi ingenuidad, contesté que la había ganado yo. Se mostró sorprendido. Tomó asiento en el butacón que usted había dejado libre y reprodujo las jugadas que yo había anotado. Lo hizo durante unos minutos. A continuación, observó: “Te ha dejado ganar”. Protesté, me sentí ofendido por su comentario. Acto seguido, me mostró la secuencia de movimientos erróneos realizados por usted, aunque yo rechacé sus argumentos. Entonces mi padre propuso que jugara una partida con él. Acepté sin dudarlo. En el transcurso de la misma me arrinconó, arremetió con todo su caudal de juego hasta despedazarme. Movía las piezas con suficiencia, con una superioridad insultante. Una vez más, mi padre me estaba mostrando su parte negativa, su rechazo visceral a mi presencia en su mundo. Quise aducir razones, objeté que el hecho de que él me hubiese ganado la partida no demostraba que yo no le hubiera ganado a usted. Entonces manifestó: “En los tres años que este chico lleva entre nosotros, jamás le he podido ganar una partida. ¿Aceptas ahora que te ha dejado ganar?” En aquel instante, perdí el control. Golpeé la mesita con el puño y algunas piezas cayeron al suelo. Mi padre me increpó con severidad. Me excusé por aquella reacción y me dispuse a recogerlas. Entonces, se acercó y cogió mi brazo para obligarme a ello. Le dije que las recogería, que no era necesario que me forzara a hacerlo. Al oponer resistencia, me cogió del cuello con la otra mano. No pude más, con un movimiento brusco conseguí soltarme y de un manotazo tiré al suelo todas las piezas que había en la mesita. Aquel furor desató la ira de mi padre. Me atenazó, esta vez con mucha fuerza, y reaccioné con brusquedad. Le empujé, haciéndole trastabillar. Tuvo que soltarme y cayó al suelo. Todo se vino abajo. Me sentí derrotado. En aquel instante, me resultaron ajenos los gritos y amenazas de mi padre. Un temor de rango más elevado me tenía paralizado por completo: un sexto sentido me decía que mis horas en casa estaban contadas. Con una actitud inflexible, mi padre me ordenó que fuera a mi habitación y que me quedara en ella hasta nueva orden. Mi madre no supo de lo ocurrido hasta casi una hora después. Vino a verme para tranquilizarme y me pidió que siguiera en la habitación hasta que las aguas volvieran a un cauce adecuado. Más tarde, volvió para traerme un poco de cena. Su actitud positiva me serenó hasta el punto que descarté la represalia de mi padre.

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