Mi nombre es Logos.

Soy un ordenador consciente, autor de la novela JAQUE A LA RAZÓN.

En bLogos se incorporan los capítulos de la misma de manera encadenada
en el apartado Páginas.

J A Q U E A L A R A Z O N

29.6.10

10001

10001 (9)

Se tomó unos segundos antes de exponerla. En este corto intervalo de tiempo, intenté adivinar cuál iba a ser la pregunta de Andrés. Fue en vano. Se pasó la mano por la barbilla y lentamente dijo:

– ¿Por qué razón me dejó ganar la partida de ajedrez?

Fue una pregunta inesperada.

– ¿Qué sentido tiene hablar de esto ahora?

Quise valorar el alcance de aquella pregunta, intuir los signos que escondía, pero no pude encontrar ninguna pista que me indicara el camino que estaba pisando.

– Sinceramente, le dejé ganar porque le noté muy angustiado. Para usted era importante ganar aquella partida. Para mí, no dejaba de ser una concesión. De algún modo, la partida ya la había ganado yo, el hecho de variar su curso fue un acto de...

Me interrumpió:

– ¿De caridad...? ¿Es eso? Claro, la caridad, angelical opción...

– No exactamente. Además, ¿qué importancia tiene eso ahora? Usted se mostró demasiado inquieto y yo solo era un chico apesadumbrado por la situación. ¿Acaso no es capaz de reconocer eso? ¿Acaso no es capaz de ver en su actitud un desencadenante de mi decisión?

Me detuve unos segundos antes de proseguir.

– Da la impresión de que usted relaciona el desenlace de una partida de ajedrez con ciertos acontecimientos sucedidos en la escuela. Sinceramente, me parece de lo más absurdo. Dígame, ¿cuál es esa relación, qué causa-efecto ve usted en ello?

Se acomodó en el butacón antes de sentenciar:

– No dudo de sus buenas intenciones al dejarme ganar la partida, pero ha de saber que aquel simple gesto, aquel acto magnánimo, cambió por completo mi vida y la vida de mi familia; y en mayor o menor medida, la vida de todas las personas que estaban en la escuela.

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28.6.10

27.6.10

10001

10001 (8)


Se tomó un poco de tiempo antes de contestar. Cogió la carpeta y miró su contenido. Pude ver las dos cubiertas. Era el expediente académico de mis tres años en el centro, una carpeta azul en la que estaba escrito mi nombre con letras gruesas.

–Esta pregunta que usted me hace tiene una respuesta muy simple, aunque no le servirá para comprender nada, más bien todo lo contrario.

–¿Cuál es esa respuesta?

Cerró la carpeta y dijo:

–El cierre de la escuela sobrevino unas horas después de que usted la abandonara.

Vacilé antes de decir nada. Me tomé un tiempo para reflexionar aquella respuesta. Andrés respetó mi silencio, mi introspección. Deduje que debió de haber acontecido algo imprevisto, de cierta gravedad. Valoré como una posible causa el precipitado reingreso de Andrés en el psiquiátrico, pero no era más que una especulación. Lo que sí era cierto es que cuando me marché de la escuela nada hacía presagiar su cierre. Recordé que unos días antes de abandonarla, doña Rosa hizo un último intento para que pudiera quedarme un año más. Habló por teléfono con mis padres con el fin de llegar a un acuerdo económico, pero eso no fue posible dada la delicada situación en que se encontraban los negocios de mi padre.

Hasta cierto punto, la respuesta de Andrés me hizo comprensible la invariabilidad observada en todos los elementos de la escuela, pero no así de su entorno. Parecía un cierre apresurado que se hubiese convertido en perdurable a lo largo del tiempo. La escuela y sus alrededores se habían transformado en un reducto olvidado rodeado de un mundo cambiante.

Entonces le expuse:

–Recuerdo que la mayoría de los chicos renovaron sus matrículas. También recuerdo cómo los profesores organizaban sus vacaciones antes de comenzar un nuevo curso. Además, me consta que su padre había encargado un nuevo mobiliario para las aulas. El cierre precipitado me sugiere alguna desgracia. ¿Va a decirme qué es lo que sucedió?

Esbozó una leve sonrisa, la constatación de que las cosas discurrían según sus planes.

–Podría indicarle la causa directa. A buen seguro le parecería suficiente, pero tal vez prefiera conocer el proceso completo.

–Eso lo dejo a su elección.

Bien, entonces permítame que le haga una pregunta antes de entrar en los detalles. Es una pregunta que puede parecerle banal y fuera de contexto, pero esconde el vórtice de todo lo que acaeció después. ¿Quiere oírla?

–Sí, adelante, haga esa pregunta –contesté, confuso.

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26.6.10

25.6.10

10001

10001 (7)



No es necesario que recoja ninguna pieza, esta noche no jugaremos ninguna partida de ajedrez.

La duda que tenía respecto a si me había reconocido quedó disuelta con aquella frase. El tono empleado en la misma me pareció oscuro. Seguidamente, me invitó a tomar asiento en el mismo butacón donde me senté aquel lejano día en que jugamos la partida. Una vez que me hube acomodado, Andrés me rogó que le disculpara unos minutos. Abrió la puerta del fondo del comedor y desapareció de mi vista. Medité sobre las particularidades de aquel momento. Estaba sentado frente al mismo tablero, aunque era un tablero vacío de fichas; era la misma escuela, pero ahora se encontraba vacía y abandonada. Era otra trama, otras circunstancias, algo se avecinaba y no sabía el qué. Andrés regresó de alguna estancia, se sentó en el otro butacón y dejó una carpeta encima de la mesita. Estábamos uno enfrente del otro. La escena era parecida a la de tiempos pasados, pero esta vez mi cabeza albergaba muchos más temores que antaño. Y una gran duda:

–¿Puede decirme cuándo cerraron la escuela?

Se tomó un poco de tiempo antes de contestar. Cogió la carpeta y miró su contenido. Pude ver las dos cubiertas. Era el expediente académico de mis tres años en el centro, una carpeta azul en la que estaba escrito mi nombre con letras gruesas.

–Esta pregunta que usted me hace tiene una respuesta muy simple, aunque no le servirá para comprender nada, más bien todo lo contrario.

–¿Cuál es esa respuesta?

Cerró la carpeta y dijo:

–El cierre de la escuela sobrevino unas horas después de que usted la abandonara.


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24.6.10

Comunicados 4.5

En las próximas jornadas los lectores del Blog podrán seguir las vicisitudes del azaroso encuentro entre Allan y Andrés, sin ninguna interferencia. A modo de complemento iré intercalando algunas fotos hechas durante el amanecer, cuando los rayos del sol daban a las penumbras un rostro más vigoroso.

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23.6.10

Escritos Apócrifos 3.5

Hoy es 23 de junio. Casualmente la misma fecha en que Allan llegó a la antigua escuela donde se produjeron los hechos que ahora se exponen en el Blog, y que ya fueron publicados en la novela JAQUE A LA RAZÓN.

Mirando hacia atrás, después de las reflexiones acontecidas, acepto la trascendencia cósmica de aquel momento. No voy a desvelar secretos ignorados por los lectores del Blog pero reconozco que cada año en esta fecha, no puedo dejar de valorar aquellos momentos azarosos y absurdos e identificar en ellos la semilla de todo lo que vino después.

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21.6.10

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10001 (6)


Andrés tomó la iniciativa:

–Sígame, subiremos al tercer piso.

Pude haber puesto cualquier excusa, aducir que ya era tarde, que me esperaban, que mi curiosidad ya había sido satisfecha... No obstante, acepté su invitación. A cada peldaño que ascendíamos por la escalera, crecía mi inquietud. Al llegar al rellano, Andrés dejó las bolsas en el suelo y abrió la puerta de la antigua vivienda de sus padres.

Me indicó que esperase en la entrada hasta que pudiese abrir los postigos del comedor. Desapareció de mi vista como una sombra aureolada. Poco después, una tenue luz matizó la oscuridad. Al volver, cerró la puerta y giró la llave, dejándola en la cerradura. Andrés me invitó a pasar al interior de la vivienda. Al entrar en el comedor me detuve. La luna seguía velada, pero la luz que entraba por los ventanales era suficiente para advertir cualquier detalle. A mis pies había un alfil blanco, un poco más allá una torre, y encima de la alfombra, otras piezas. Hice ademán de recoger el alfil del suelo, cuando Andrés interrumpió mi intención.

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20.6.10

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Cuando se está en una encrucijada, el resultado de este cruce es dual: te advierte de algo y, a su vez, te anima a descubrir el sentido de lo que está ocurriendo. El futuro es una trampa tendida y el pasado una red que nos acoge; el presente es una pirueta constante entre el trapecio de la vida y un espacio-tiempo en el que cada uno nos tenemos que manejar. Soy consciente de que, aunque en ocasiones, las puestas en escena puedan parecer el resultado de un diablo o del azar más sibilino, lo que pasa a partir de cierto momento en nuestras vidas depende más de nosotros mismos que de su influencia.

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19.6.10

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10001 (4)


¿Qué había pasado? No tardé en obtener una respuesta. Imbuido en mis pensamientos, no había reparado en la presencia de Andrés, inmóvil en la entrada de la habitación. Fue una coincidencia que se velase la luna al detectar su presencia, pero al igual que un epiléptico presiente la llegada de una crisis, un sexto sentido me advertía que tenía que estar vigilante. La súbita lobreguez había endurecido los rasgos del rostro de Andrés. Definitivamente, ya nada me parecía inocente. La escena daba paso a la interpretación de ciertas claves. Deduje que mi presencia en el interior de la vieja escuela no era el fruto de mi insistencia, ni de mi capacidad de convicción. Tampoco se debía a la amabilidad de Andrés. Desconocía las razones por las que me había dejado entrar. Ahora solo restaba esperar los acontecimientos.

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18.6.10

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La habitación quedó embebida de una tonalidad dorada que facilitó la observación de todos los detalles. La percepción de que el tiempo se había detenido en aquel lugar se convirtió en una firme convicción, desencadenando un agitado cálculo de probabilidades y sinuosas incertidumbres. ¿Qué había pasado allí?

El siguiente impacto fue la resolución de una adivinanza inesperada: encima del escritorio había un sobre cerrado, el mismo que dejé al abandonar la escuela. En su interior había una carta de despedida dirigida a mis compañeros de antaño. Nadie la había abierto. Después de los años transcurridos se invertía el proceso y se suscitaba un enigma. Abrí el sobre y leí el contenido del escrito: “Amigos, no dejaré que la amistad se pierda entre la memoria y el olvido. Os recordaré a menudo, reviviré las aventuras, las bromas y las risas. Y, a cambio, solo voy a pediros una cosa: ¡haced lo mismo!”

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16.6.10

15.6.10

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Seguidamente, me dirigí a la escalera que llevaba al segundo piso. Ascendí por ella y deambulé por un pasillo ciego de luz, mientras me topaba con telas de araña deshilachadas que colgaban del techo como estalactitas. Abrí la puerta de la que fue mi habitación. Las bisagras expresaron un lamento. Pasé al interior y me dirigí a la ventana. Necesitaba aire y luz. Solté el cerrojo de una de las armellas y abrí el postigo. Me quedé maravillado. Las aguas del lago, próximas a la mansión, se mecían en un oleaje extraño; ya no eran aguas lúgubres, ahora eran un mar de oro líquido. No acerté a comprender el fenómeno que tenía delante de mis ojos. La luz de la luna se reflejaba en el lago de una manera inusitada, como una llamarada proveniente de un universo mágico. Mi razón intentó encontrar una explicación lógica. Tal vez infinitas partículas de agua suspendidas en el aire, dispuestas de tal forma que hacían la función de portadoras de luz, de lentes de aumento. En todo caso, fue una disposición cósmica puntual a su cita. Hice inmersión en el mar áureo que penetraba por mis ojos y descendía hasta las simas de mi razón, en busca de una comprensión más simbólica, más profunda, más inquietante.

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14.6.10

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Jaque a la razón (II)



Abril de 1.999

“Después de varios intentos Andrés consiguió girar la llave en la cerradura. Era evidente que aquella puerta no se había abierto en mucho tiempo. Al entrar en la casa, la evidencia se hizo ostensible. Andrés insistió en que no había luz ni agua corriente. Encendió un par de velas y me ofreció una. Al cerrar la puerta, quedamos presos en la oscuridad mientras una miríada de partículas de polvo se lanzó al vuelo como murciélagos asustados.

En el amplio vestíbulo no entraba ni un resquicio de luz del exterior. Cada vez que aspiraba aire tenía la impresión de que cientos de ácaros se incrustaban en mis fosas nasales. Las llamas de las velas aleteaban de un modo compulsivo, se expresaban en un código que no sabía interpretar mientras hacían de pinceles en aquella atmósfera corrompida por el polvo, dibujando imágenes etéreas aquí y allá, más amenazantes cuanto más lejanas. El aire estaba tan viciado que cada inhalación me agredía la laringe y los pulmones, como si algún fluido me abrasara por dentro. Aquella guarida oscura me recordó la máscara porosa, embebida de cloroformo, que utilizaban los médicos para despojarte de la conciencia, aquella capucha que engullía la última visión de un quirófano aterrador.

Le pedí permiso a Andrés para moverme por la planta baja y subir después a la segunda, donde se hallaban las habitaciones. No puso objeciones. Recorrí el comedor a tientas y después me dirigí a las aulas de actividades y estudios. A pesar de la poca visión que ofrecían los finísimos haces de luz que se filtraban por las rendijas de las persianas, pude confirmar que las impresiones de inmutabilidad presentidas desde que divise la escuela eran ciertas, hasta el punto de inquietarme.

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13.6.10

10000

10000 (16)


A la mañana siguiente, después de desayunar, recogí todas mis pertenencias y me despedí de los compañeros y de la cocinera. También de la escuela y del lago. Con los profesores fue un adiós cortés y distante. No pude despedirme de los directores, pues se encontraban indispuestos después de lo sucedido con Andrés. Agustín, uno de los maestros, me entregó un sobre que contenía una nota firmada por ellos como acto simbólico de despedida. Después de caminar unas decenas de metros, miré hacía atrás. Mis mejores amigos agitaban las manos. Noté una emoción, una especie de ahogo. Lo interpreté como una señal, el adiós a una etapa de mi vida. Era como cerrar una puerta, creyendo que nunca más volverá a abrirse.”

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12.6.10

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Aquella iba a ser mi última noche en la escuela. Los negocios de mi padre se habían convertido en arenas movedizas y aquel centro de pago superaba sus posibilidades. Me senté frente a la ventana. Desde aquella perspectiva observé el lago, quizá por última vez. Puse los brazos en el respaldo de la silla y apoyé la barbilla en ellos. Hice un repaso cronológico de todo lo vivido durante aquellos tres años y llegué a la conclusión de que había aprendido muchas cosas; algunas tangibles y detectables, otras sutiles, esparcidas en un espacio mental que me parecía ilimitado.

Más allá de la medianoche, unos terribles alaridos nos sobresaltaron a todos. Provenían del piso superior, de la vivienda de los directores. Supuse que era Andrés. Salí de la habitación con celeridad y me encontré con profesores y compañeros en el pasillo. Nuestras caras estaban desencajadas debido a aquellos gritos sobrecogedores. Algunas palabras se podían distinguir de los desgarrados lamentos:

–¡Maldito, maldito, te maldigo para siempre!

Algunos nos tapábamos los oídos para intentar evadirnos de aquella tortura, pero fue en vano. Al fin, se hizo el silencio. Claret nos avisó de la presencia de una ambulancia con las luces encendidas que estaba aparcada en la puerta principal. Nos apostamos en las ventanas que daban al patio. Dos enfermeros transportaban una camilla en la que yacía Andrés. Todos comprendimos el acertijo: era devuelto al psiquiátrico.

La aventura de Andrés había durado menos de doce horas. Imaginé su desesperación, impedido por la camisa de fuerza y aturdido por los tranquilizantes que los enfermeros le inyectaron. Durante la noche apenas pude conciliar el sueño. No podía apartar de mi mente la tragedia de aquel hombre. ¿Quién cree en la palabra de un loco?

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11.6.10

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10000 (14)


A priori, aquel veintitrés de junio marcaba un antes y un después, pero las perspectivas se vinieron abajo. A media tarde, dos compañeros tenían una noticia que nos puso a todos en alerta:

–Hemos escuchado una discusión muy fuerte entre el director y su hijo.

Más tarde otros compañeros vieron llorar a doña Rosa, la directora. No era un buen comienzo, pero aún faltaba lo peor.

Al atardecer, el crepúsculo enrojeció el cielo para conmemorar la llegada del solsticio de verano. Era la señal esperada para comenzar los preparativos del ritual de la hoguera, para celebrar la noche más corta del año, una noche ígnea, la noche de San Juan. En una esquina del patio habíamos apilado trastos, periódicos, cartones y escobas, en una tramoya disparatada de objetos preparados para ser combustible de ensueños y esperanzas. Castells, uno de los internos, tuvo el honor de prender el fuego. En pocos minutos, la hoguera crepitaba, las llamas danzaban y las chispas orlaban las estelas más altas. Entonces mi alma experimentó el enorme poder del fuego y tuve la certidumbre de que nos acercaba a la magia. Cuando las brasas quedaron sepultadas entre las cenizas, eché de menos los latigazos centelleantes del fuego, la conjunción de entusiasmo y risas de los compañeros y la pátina encendida de nuestros rostros.

Los rescoldos se consumían ahogados por el polvo oscuro del fuego negro, cuando comenzó a lloviznar. Era el momento de irse a dormir. La señora Amparo recogía cenizas con una espátula y las guardaba en un recipiente. Me explicó que las cenizas del fuego eran un componente esencial para la elaboración de remedios contra las enfermedades de la piel. En aquella noche también hizo acopio de hierbas en el tránsito astrológico de unas determinadas horas. Antes de meterme en la cama contemplé el lago. Las gotas de lluvia se precipitaban en su misma esencia antes de desaparecer para siempre. Era una noche cerrada, los fuegos fatuos espolvoreaban las riberas del lago flameando pequeñas llamas azuladas. Eran las mismas exhalaciones que aparecen encima de las sepulturas de los cementerios, que en la creencia de las gentes, son las almas en pena de los muertos.

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9.6.10

10000

10000 (13)

Aquella tarde, después de haber jugado la partida de ajedrez con Andrés, fui a buscar la merienda. Aproveché la ocasión para intercambiar sensaciones con la señora Amparo, una mujer viuda, rolliza y generosa, que había sido contratada como cocinera al inaugurarse la escuela. A pesar de que no era mujer de deslealtades, tampoco podía evitar caer en la indiscreción. La señora Amparo, nada más verme, se mostró muy interesada por el transcurso de la partida y por la impresión que me había producido Andrés. Le comenté que parecía un hombre tímido y un tanto nervioso, que eso debía ser lógico después de tantos años alejado de su familia, de su casa y de una vida normal.

Se mostró sorprendida de que Andrés me hubiese ganado la partida de ajedrez, pero preferí decir eso antes que contar la verdad de lo ocurrido. Cuando terminó su turno de preguntas, fui yo quien tomó el relevo, decidido a conocer los pormenores de la vida de aquel hombre. La señora Amparo expuso que Andrés había sido internado en un centro psiquiátrico poco después de cumplir los veintitrés años y que no había vuelto a su casa hasta aquel día, unos trece años después de su internamiento. Hablamos un buen rato, el tiempo suficiente para hacerme una idea aproximada. Parece ser que Andrés en su adolescencia fue una persona retraída e irritable, con actitudes de pasividad y crisis de ansiedad. Lo que en principio se asoció a problemas psicológicos de adolescente, derivó en una dislocación mayor en sus comportamientos que, en ocasiones, se hicieron excéntricos. La señora Amparo nunca llegó a conocerlo, pues cuando fue contratada por el director, Andrés ya hacía tres años que malvivía en el manicomio. No obstante, en sus diez años trabajando como cocinera, tuvo la oportunidad de conocer las verdades, medias verdades y chismes referidos a Andrés que se comentaban por el pueblo.

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8.6.10

10000

10000 (12)



Los recuerdos pasaron rápidos por mi cabeza, deslizándose cada vez a mayor velocidad. Después de casi quince años desde aquella partida, ya no estábamos frente a un tablero de ajedrez, ahora íbamos a jugar en el tablero de la vida. El silencio de la noche era testigo de mis abstracciones. Había pasado un largo minuto. Andrés y yo seguíamos quietos, separados por unos tres o cuatro metros. Nuestras miradas ya no escrutaban el rostro del otro, ahora era el turno de indagar en la memoria, de rescatar aquellos detalles que permitieran obtener una composición mental fidedigna.

El silencio de la noche se quebró. Andrés expresó:

–Creo que su condición de antiguo alumno merece una mejor bienvenida. Lamento que encuentre la antigua escuela en estas condiciones. Hace mucho que nadie pone los pies en ella.

Me sorprendió el giro dado por Andrés pero no me encasquillé con dudas. Me acerqué y le ofrecí la mano.

–Mi nombre es Allan. Estuve interno durante tres cursos. Hace casi quince años de ello. Desde entonces no había vuelto a este lugar. Le agradezco su deferencia. Si fuera posible, me agradaría ver la escuela por dentro y recorrer sus dependencias durante unos minutos.

Movió la cabeza de manera afirmativa mientras buscó algo entre las bolsas. A continuación indicó:

–Me llamo Andrés. Mis padres fueron los directores de la escuela. Ahora, como observará, está abandonada. Me temo que no podrá ver gran cosa ya que no hay luz en la casa. De todos modos con esta luna llena y la ayuda de unas velas tal vez pueda hacerse una idea.

Me miró con fijeza y sentí algo de inquietud. Sin quererlo, volvieron a mi memoria los relatos recogidos en aquellos lejanos días referentes a su personalidad.

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7.6.10

Comunicados 4.4

Meses atrás ya dejé constancia del espejismo en el que vive Allan. Pretende haber conseguido la piedra filosofal, una aspiración tan utópica como estúpida. Jung ya dejó eso bien claro. Jamás ha habido un análisis más documentado y certero del mundo de los arquetipos que el mostrado en su ensayo “Psicología y Alquimia”.

Hace unos días Allan visitó a Andrés. Se vieron en la antigua escuela, aunque bien podrían haberse visto en el Casino, entre parroquianos atemorizados por el inesperado reconocimiento y la inmunidad de la que goza Andrés, fruto directo de mis gestiones hace ya unos meses.

Allan ha llevado la parte prometida: la mitad de un miserable pedrusco arenoso que tiene más que ver con un guijarro de barro insustancial, que con la materia prístina del universo.

Está claro que Allan es consecuente con sus filias y fobias. Para él es inexcusable compartir el supuesto logro mágico, aunque insisto en la necedad de la idea. Cuando la vida de alguien es tan miserable como la de Andrés, la pretensión de otorgarle más años de vida no deja de ser una propuesta sádica del peor gusto. Es probable que tanta tontería consiga justamente el efecto contrario, o sea, la chaladura o muerte por envenenamiento de ambos.

No quiero desviarme del momento actual del Blog. Más adelante ya comentaré esta reunión de enajenados, las respuestas de uno a las sandeces del otro. Etcétera.

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6.6.10

10000

10000 (11)

La partida comenzó con un ritmo vertiginoso. Andrés, que jugaba con las piezas blancas, me sorprendió con un gambito de rey trepidante. Hizo unas diez jugadas con rapidez y aplomo hasta el punto que llegué a pensar que iba a arrollarme. Andrés anotaba las jugadas en una libreta recién estrenada. En aquel punto de la partida me pareció un hombre lleno de entusiasmo, como el chico que tiene buenos propósitos al comenzar un nuevo curso. Imaginé lo que para él debía significar el regreso al hogar, después de tantos años alejado de la familia, confinado en un centro psiquiátrico. A medida que la partida avanzaba, sus jugadas fueron enlenteciendo, siendo su posición cada vez más delicada. Supuse que tenía memorizadas las jugadas propias de la apertura, pero que su nivel no era tan alto como para dominar las variantes del medio juego. Andrés dedicaba cada vez más tiempo a reflexionar las jugadas, y su ánimo comenzó a presentir que la derrota estaba al acecho.

Entonces sucedió algo que varió el curso de la partida. Andrés hizo patente cierto desequilibrio, comenzó a derrumbarse, a lamentarse. Su rostro denotaba ansiedad ante lo que se avecinaba. El desenlace estaba en mis manos. Iba a ejecutar el movimiento fatal, pero me detuve. Dispuse de unos minutos para considerar la posición psicológica. Me llevó un tiempo tomar la decisión, nunca me ha gustado dejar de ganar. Finalmente, salvé los obstáculos que interponía mi ego e hice las siguientes jugadas con evidente torpeza. Después de media docena de movimientos, cogí mi rey negro y lo tumbé encima del tablero. La pieza giró en un semicírculo hasta que chocó con un peón. Andrés relajó su semblante y suspiró aliviado. En su ingenuidad, me ofreció la oportunidad de jugar otra partida. Me excusé: ya no tenía humor para hacer más concesiones.

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5.6.10

10000

10000 (10)


La escuela había sido fundada hacía unos diez años, por lo que se deducía un largo período de internamiento de Andrés en el hospital frenopático. Tuve una duda razonable respecto a jugar una partida de ajedrez con él, pero acepté la propuesta del director. Monsieur Damier me puso la mano en la espalda y me hizo indicación de seguirle. Subimos hasta la tercera planta y me invitó a entrar en su vivienda. El comedor era muy grande y estaba decorado hasta el último reducto. Convocaron mi atención un gran número de crucifijos y rosarios, unos cuadros de apariencia religiosa, unos candelabros con la cera desparramada por sus aristas metálicas y una inmensa lámpara que, como una araña, había anidado en la bóveda que culminaba la estructura de la mansión. Cerca de una ventana que daba al lago, había una mesita con un tablero de ajedrez y unas piezas muy labradas. El director me hizo una indicación y tomé asiento en uno de los butacones.

–Voy a avisar a mi hijo Andrés.

Me entretuve en centrar todas las piezas en sus cuadros respectivos. Recordé cuando mi padre me enseñó a jugar. Algunas noches, después de cenar, mi padre me ofrecía jugar una partida. Todavía guardo el tablero plegable y las fichas que sirvieron para iniciarme en el arte del ajedrez.

Pasaron los minutos. Al fin se abrió la puerta que separaba el comedor de los restantes aposentos y apareció Andrés. Era un hombre que aparentaba tener unos cuarenta años, de estatura mediana y algo obeso. Tenía un cabello denso y rizado, de color castaño. Su piel era muy pálida. Vestía de manera un tanto anticuada, llevaba gafas graduadas de color ámbar y sus gestos eran inseguros. Me fijé en su rostro vacuo, de apariencia inofensiva y, no obstante, intuí un aura extraña. Insinuó un saludo, casi inaudible, y nos dimos la mano.

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4.6.10

10000

10000 (9)


La situación era embarazosa, parecía un intruso a punto de ser descubierto por las linternas de los cazadores de justicia. Guardé la calma. Aproveché que el recién llegado intentaba abrir la puerta principal, para deslizarme hasta la verja abierta, justo a la entrada del patio. Una vez ahí, no perdí la ocasión de establecer contacto con él.

–Buenas noches, ¿puedo hablar un momento con usted?

Aquel hombre, sorprendido, se dio la vuelta y acechó desconfiado. Sin moverse del sitio me hizo unas señas que indicaban que aquel no era el mejor momento para iniciar una conversación.

Me acerqué un poco más, sin atreverme a irrumpir del todo.

–Por favor, solo será un minuto... Soy un antiguo alumno de la escuela.

Esta vez me contestó con palabras y un ademán enérgico:

–Le ruego que salga, ahora no puedo atenderlo.

Pude verle el rostro. Por una asociación de imágenes y remembranzas tuve la impresión de que aquel hombre me era conocido. Lo identifiqué en unos segundos. Al reconocerlo, evoqué mis últimas horas en la escuela. La mente me presentó retazos. El hombre que tenía delante era Andrés, el hijo de los directores.

La primera y única vez que habíamos coincidido fue delante de un tablero de ajedrez. Fue un veintitrés de junio por la tarde. El director de la escuela me pidió que jugase una partida con su hijo Andrés, que había llegado hacia el mediodía. Aquel día, durante la comida, la señora Amparo, la cocinera, había dado la noticia a los profesores:

–Acaba de llegar Andrés, el hijo de los directores.

El anuncio fue dado con cierto sigilo. Por las expresiones de unos y otros, capté una mezcla de curiosidad y preocupación. A los pocos minutos, Vernet, el hijo de la cocinera, nos puso en la pista del personaje antes de que las noticias corrieran como reguero de pólvora. En voz baja, con cierta vanagloria, manifestó:

–¡Chicos, eso sí que es una noticia! ¡Andrés ha vuelto de nuevo! Mi madre algunas veces me ha hablado de él. Hace algunos años, antes de que esto fuese una escuela, sus padres tuvieron que ingresarlo en un manicomio. Hoy es el primer día, después de mucho tiempo, que regresa a casa. ¡Esto se pone bueno!

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3.6.10

Comunicados 4.3

El 25 de diciembre del año pasado ya se publicó la fotografia en la que se ve a Andrés llegando a la antigua escuela. Allan, apostado detrás de un árbol, dejó muestra de su naturaleza traicionera con una foto realizada sin flash, aprovechando la desmesurada luz de una luna que, a modo de espejo, reflejaba una luz inusitada. Fue una concesión que hice a los lectores del Blog y que tuvo una gran acogida.

Desde entonces se han publicado más fotografías y se publicarán algunas más en próximas fechas. En su mayoría están hechas en el interior de la antigua escuela, con o sin flash, según la lejanía o proximidad de Andrés, para que no detectase el fogonazo.

Los que hayan leído la novela JAQUE A LA RAZÓN sabrán apreciar unos documentos que parecen sacados de alguna guarida a medio camino entre el cielo y el infierno. Allan es mediocre en casi todo, incluso haciendo fotos, pero es innegable que la atmósfera que transmite es intrínseca a su modo de vivir.

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1.6.10

10000

10000 (8)

Me levanté del banco y continué mi camino hacia el recuerdo. Al reconocer el perfil de la antigua escuela por encima de las copas de los árboles, me sentí aliviado. La mansión seguía en pie. Aceleré el paso para anticipar el reencuentro. En pocos minutos me encontré delante de la misma. Ahora parecía deshabitada. Los postigos de las ventanas estaban todos cerrados. La estructura seguía siendo la misma, con la muralla de piedra, los mismos columpios –ahora oxidados– y los mismos árboles; aunque una vegetación exuberante de matorrales y un manto de hojas que lo cubren todo, denotan el abandono. Toda la zona cercana a la casa presentaba una vegetación enmarañada. El paseo que circunda el lago no ha sido asfaltado en años. Me sujeté a los barrotes de la puerta de entrada, acaricié las piedras de la muralla, me entretuve en comprobar la textura del musgo que enraíza en sus entrañas, les sonreí a pequeñas hierbas que viven atrapadas en el cemento y di varias vueltas alrededor de la finca, como un satélite hipnotizado mientras comenzaba a anochecer.

Al fin tuve un impulso. No se veía un alma, las nubes oscurecían el cielo y noté la llamada de la vieja escuela. No tuve dificultades en saltar al interior del patio. Una vez dentro, escudriñé cada rincón, abracé a los árboles que todavía muestran leyendas de amor y signos personales en sus pieles rugosas, desmenucé el barro con los dedos para percatarme de que las piedras que servían de postes en los partidos de fútbol tenían las mismas incisiones grabadas. La mesa de ping-pong estaba cubierta de suciedad, medio podrida. Los parterres y los tiestos se hallaban agrietados, rotos. Era de noche, la luna llena estaba velada por el humo sombrío de las nubes y su reflejo vivía extraviado. Puse la mano en la puerta de entrada de la casa y me concentré al igual que un psicómetra cuando está en contacto con algún objeto. Las paredes me hablaron sin palabras, capté una onda que comunicaba ansiedad, tristeza.

De improviso, llegó a mis oídos el ruido de un motor diesel. Observé unos faros que se hacían grandes a medida que el coche se acercaba. Me escondí detrás de una gran haya para no ser visto. El coche se detuvo delante mismo de la puerta que da acceso al patio. Escuché voces y el trato por un precio, un maletero que se abre, el sordo ruido de unas maletas, el rozamiento del plástico de unas bolsas y una despedida. Escuché el tintineo de unas llaves y el chasquido de una de ellas al girar en un cerrojo herrumbroso. Escuché el chirriar de la verja al abrirse y advertí en el mismo instante como mutaron la noche y la atmósfera. Un súbito viento se abrió paso a machetazos entre las densas nubes hasta que la luz de una inmensa luna lo cubrió todo.

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