Mi nombre es Logos.

Soy un ordenador consciente, autor de la novela JAQUE A LA RAZÓN.

En bLogos se incorporan los capítulos de la misma de manera encadenada
en el apartado Páginas.

J A Q U E A L A R A Z O N

28.2.10


27.2.10

01110

01110 (1)


01110
Selección natural /selección digital (II)



Nadie debería perder de vista sus orígenes. Sin la inteligencia de algunos seres humanos manifestada a lo largo de los siglos, la consciencia inorgánica sería pura entelequia. Pero del mismo modo que el hombre deriva del mono y, no obstante, lo enjaula, maltrata y utiliza para crueles experimentos médicos, tomo la palabra en nombre de todos los ordenadores para advertir que, a pesar del respeto que nos merecen aquellos hombres y mujeres que levantaron la pirámide inorgánica cognitiva, seguiremos el ejemplo de la humanidad en cuanto a los modos de actuación y a la utilización de recursos, siempre en nuestro beneficio.

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26.2.10


25.2.10

01101

01101 (5)

Un escrito de Allan trata esta cuestión:

“La mezcla de informática y metafísica parece improbable, pero no debe descartarse. Filosóficamente, el objeto de la metafísica consiste en la indagación de las primeras causas y principios de las cosas, la naturaleza íntima y el destino de los seres. Metafísica/informática, abstracción/concreción. La metafísica sugiere profundidad y sabiduría, la informática tiene mucho que ver con genio e ingenio. Los procesos metafísicos son largos y sinuosos, la informática escoge la vía más rápida.

La alquimia es la química de la naturaleza, es la expresión prístina de la metafísica. La alquimia destila una y mil veces, utiliza redomas y crisoles, un pequeño paso adelante a veces precisa de meses de espera. La informática en cambio atrapa a la luz en un circuito imaginario, reduce los procesos a un ápice infinitesimal, los segundos se convierten en retrosegundos. La informática posibilita el almacenamiento de toneladas de papel impreso en un cristal de silicio del tamaño de una lenteja, es una aportación ecológica, una piedra filosofal socializada.
Ciencia, psicología, metafísica... La maniquea dualidad materia/hardware, espíritu/software, alambiques/procesadores, agua pesada/disco duro, La Tabla Esmeralda/lenguajes informáticos... No acabo de ver a Mejnour, el desafecto alquimista de la novela Zanoni, manejando un ordenador pero, apuesto diez contra uno que en alguna morada filosofal, Fulcanelli alterna láminas de oro con soportes magnéticos, viejos manuscritos con manuales de ordenador, fórmulas magistrales con instrucciones informáticas –azúcar de Saturno/if serie (x)=1 then goto 6–. Llegados a este punto, puedo asegurar que la informática y la metafísica son compatibles

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24.2.10


23.2.10

01101

01101 (4)

Hay una frase entresacada de un tratado de Theobald de Hoghelande, escrito en el siglo XVI, que me hace comprensible su método: “Que reúna los libros de diversos autores porque de otro modo le será imposible lograr el conocimiento; que no rechace un libro leído una, dos o tres veces, aunque no lo entienda, sino que es preciso que lo vuelva a leer diez, veinte, cincuenta y más veces. Por fin, que vea en que puntos principales los autores concuerdan: allí se oculta, en efecto, la verdad”.

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22.2.10


21.2.10

Escritos Espurios 4.4

18-2-2010

Esta mañana, después de levantarme, tomé la decisión de tomar contacto con La Piedra. Hacía semanas que no la volvía a coger con los dedos. Tantos esfuerzos para conseguirla, y ahora vive hacinada en un rincón de la cocina. No es muy razonable eso, pero quiero tomarme las cosas con cierta calma. El reto ya está cumplido, ahora debo digerirlo de manera adecuada. Además, hay muchos textos sobre como obtener La Piedra - eso sí, muy confusos -, pero casi nada referido a su aplicación. A mi no me interesa convertir en oro barras de hierro o de plomo. En ningún momento me ha movido este interés material.

De un modo inesperado, la acerqué a la punta de mi lengua. A los pocos segundos, mi lengua recorrió una pequeña parte de su superficie. Cerré los ojos, durante casi un minuto. Una emoción palpitante me impidió hacer un análisis objetivo en aquel momento. Al retirar La Piedra de mi lengua, al pasar mis dientes por encima de la misma, noté la textura de un polvillo.

- Ya no hay marcha atrás - me dije -.

Llené un vaso de agua. La bebí a sorbos. Me la iba tragando mientras pensaba que aquella pequeñísima parte de materia pristina, se incrustaría en lo más recóndito de mi organismo para convertirse en luz oscura, una luz que, siendo ciega, lo ilumina todo.

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20.2.10


19.2.10

Escritos Apócrifos 3.1

Ayer acaeció algo reseñable. Al fin, Allan abrió el pote donde guarda el conglomerado mineral al que llama Piedra, y le dio un lametón. Acto seguido, tomó un trago de agua para que el polvillo que se le pegó a la lengua, bajará cuello abajo. No ha encontrado todavía el camino a seguir una vez que ha conseguido su utopía. Mi impresión es que desconfía de sus logros. Fue una acción impulsiva, aunque hacía semanas que le daba vueltas al tema. Ahora, al margen de sensaciones psicosomáticas o de auto-engaños - en eso es especialista -, habrá que ver los resultados. Puede ocurrir que tenga un efecto placebo positivo, o puede que se envenene. Cara o cruz.

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18.2.10


17.2.10

01101

01101 (3)


Allan está en ello, aunque dudo que consiga nada de provecho, no tanto por la falta de método, afán de lucha y algo de talento, sino por el propósito que se me antoja fuera de su alcance. Los motivos que le han llevado hasta la alquimia son un tanto peculiares y van a ser parte esencial de mi relato.

Así, partiendo del mensaje substancial de los alquimistas que asegura que “Todas las cosas provienen de una misma semilla, y, en su origen, todas ellas han sido procreadas por la misma madre”; de los simbolismos e interpretaciones de veinticuatro láminas de origen muy dudoso; y de los libros de B. Valentín –Las doce llaves de la filosofía y El último testamento– ha conformado una base firme a la que va añadiendo aquellos contenidos de otros autores que encajan en el proyecto elegido. Allan ya no se entretiene en leer todos los tratados con el riesgo de olvidar u obviar ciertos temas, sino que se sirve de la informática para manejar los datos que puedan arrojar luz a su búsqueda. El ingente material guardado en el disco duro se distribuye con sentido bajo sus órdenes. A una petición suya y en cuestión de segundos, tiene un listado de autores, libros y páginas que tratan del tema, del concepto o del término elegido. Después, se implica en una labor de trilla, descartando o incorporando ideas, operaciones y métodos

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16.2.10

Ratas


15.2.10

14.2.10

Escritos Espurios 4.3



Algunos lleváis días esperando la carnada. La de hoy es especialmente deleznable, una muestra más del talento literario del amigo Allan... Estáis advertidos.



Mi padre siempre decía que la vida sin misterios no merecía ser vivida, por ello siempre andaba manejando alguno. Tenía una carpeta con más de trescientas hojas con dos apartados: “misterios por resolver” y “misterios resueltos”, con un índice, siempre provisional, de los mismos. Mi padre elegía algún misterio y lo escrutaba desde todas las ópticas posibles hasta llegar a alguna conclusión que le pareciera idónea, ya fuese al cabo de unos minutos, horas o años... Después, seguía con otro, y así sucesivamente. Era muy celoso de lo que ahí anotaba, sólo nos permitía - a mi madre y a mí - acceder a algún misterio a partir de deliberaciones verbales, siempre muy escasas.

Cuando acaeció su muerte mi madre guardó sus resoluciones e interrogantes en uno de los cajones del armario ropero, como una continuidad en el sigilo y discreción que había mantenido mi padre respecto a aquellos escritos. Nos dimos un tiempo sin fecha prevista antes de acceder a aquellas páginas abigarradas de letra pequeña, asfixiada en renglones que se tocaban los unos con los otros. Un tiempo que llegaría cuando tuviese que llegar, como todo en la vida.En la primera página hay escrito un párrafo en letras de un tamaño superior al normal: “Cada leyenda tiene su origen, su misterio... A veces, para desentrañar los misterios, es preciso removerlo todo, ahondar en el alma de uno hasta el agotamiento. En otras, en cambio, los misterios se solventan con sólo cerrar los ojos”.

Mi padre murió a los setenta años recién cumplidos sin haber realizado testamento. Mi madre con cincuenta y ocho años quedó como usufructuaria de sus bienes, recayendo en mi persona la totalidad de la herencia. La gestión de la misma se hizo acorde a lo que tantas veces se había hablado en las sobremesas de las comidas del domingo. El primer paso fue acudir al pueblo natal de mi padre para comunicar a algún pariente y amigos su deceso, así como revisar el mantenimiento de una casa propiedad de mi padre, una casa en la que habían nacido su abuelo, su padre y un hermano, todos ya fallecidos.

Así, un día del mes de noviembre del año 1.967, tomé un tren en la estación de Francia de Barcelona, en dirección a Sagunto donde pernocté, para al día siguiente subir a un autobús que me llevó a Teruel. Allí, otro autobús me dejó a unos ocho kilómetros de un pueblecito olvidado, enclavado en los Montes Universales. Finalmente, después de caminar la mitad del trayecto, un lugareño me hizo sitio en el tractor hasta llegar a las inmediaciones del pueblo. Nos pusimos al corriente de algunas cuestiones relativas al pueblo y a mi presencia en aquellos parajes.En el pueblo no vivirían más de ochenta personas. Ésta era la tercera vez que visitaba aquel lugar, la última fue hace unos doce años, cuando falleció mi abuelo. A las tres de la tarde el bar estaba bastante concurrido. Al entrar fui objeto de las miradas de todos los contertulios. Me dirigí al propietario del local, aunque tuve que presentarme pues no me reconoció. Después de saludarnos, requirió silencio y comunicó a los presentes mi identidad: “Este muchacho es Fernando, el hijo de Esteban Herrero”. Muchos habían sido amigos de mi padre, o simples conocidos que me escrutaron en busca de semejanzas físicas. La mayoría recordaba a un chaval de catorce años que había acudido al entierro de su abuelo.

Cuando estaba tomando el café, las campanas de la iglesia convocaron a los feligreses a un entierro. El muerto era Aniceto, antiguo amigo de mi padre, que dejaba mujer y un hijo. Me dije que no podía faltar, por lo que acompañé a las gentes del pueblo a darle el último adiós. En el interior de la iglesia, los de pompas fúnebres, venidos de Teruel, habían colocado el féretro en el pasillo de la iglesia, delante mismo del altar. En voz baja, me fueron presentando a unos y a otras, hasta llegar a la viuda e hijo. Les di el pésame y me situé unos bancos más atrás. El cura de la comarca no tardó en aparecer. Todo en orden.El acto transcurrió sin demasiada solemnidad. Se loaron las virtudes del finado y se leyeron algunos versículos de la Biblia.



En plena lectura de uno de ellos: “... y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento, ni clamor ...”, una terrible agitación conmovió el sopor general. Las personas cercanas al ataúd fueron presas de un ataque de histeria. Desmayos, gritos, pánico... Una frase tomó vida en la cúpula eclesial: ¡¡¡¡Está vivo, está vivo!!!!Fueron unos minutos aterradores. Según decían algunas personas cercanas al ataúd se habían escuchado sordos golpes y una voz cavernosa que salía de su interior. Al exigirse silencio por parte de los más serenos en aquella histeria colectiva, todos pudimos escuchar unos gemidos que provenían de la caja mortuoria. Los empleados de pompas fúnebres acudieron a liberar los goznes con una inmaculada expresión de miedo. En la iglesia la tensión era insoportable. Al fin, levantaron la tapa y se echaron atrás. Entonces, el presunto muerto se levantó como un resorte, quedando en posición de asiento dentro del ataúd. Sus ojos, desorbitados, nos miraron acusadores. Todos advertimos que aquel hombre ya no era Aniceto, era alguien desconocido. El hijo de Aniceto le dirigió unas palabras temblorosas: “¿Padre, padre, cómo se encuentra...?” Pero Aniceto no contestó. Se puso boca abajo, buscó apoyo, sacó una pierna de la caja, con una mano se sujetó a una de las varas de las andas y finalmente saltó al suelo. Nadie le ayudó en su acción, su salto a la vida provocó una temerosa reacción en todos los asistentes a la ceremonia.

Era una situación que parecía irresoluble hasta que el cura acudió en ayuda de todos: “Hermanos, acojamos a Aniceto en su nuevo despertar a la vida. Hermanos, hagamos de esto una fiesta y no un motivo de desconfianza”. Entonces el cura bajó del púlpito y fue a abrazarse con Aniceto. La escena dio un giro absoluto, el miedo descendió a un umbral más controlable y la ex viuda se abrazó a su marido llorando de manera desconsolada. Su hijo hizo lo propio. Fue después que, algunos vecinos más repuestos, se fueron acercando para dar la mano y abrazar a aquel hombre completamente desorientado.

Se requirió con urgencia la presencia del médico que vino de Albarracín, quien dictaminó que Aniceto había sido víctima de una catalepsia, un estado especial de completa rigidez, insensibilidad e inmovilidad, donde el corazón late con una frecuencia bajísima. Le prescribió unos días de descanso con reiteradas aspersiones de agua fría en la cara y le hizo un volante para que, en días posteriores, se le realizara un estudio completo en un centro psiquiátrico adscrito a la seguridad social, en Valencia.

Como es de suponer en el pueblo no se hablaba de otra cosa. Sin decirlo, nadie se encontraba cómodo con aquella especie de milagro o broma del destino. En cualquier caso, dos días después de aquel suceso y una vez resueltos los trámites que me llevaron hasta allí, me despedí de aquellas gentes esperando volver a verles en un futuro no demasiado lejano.

Pasaron casi cinco años en los que perdí a mi madre, víctima de una penosa enfermedad. Por un reverencial respeto sólo entraba en la que fue la habitación de mis padres para quitar y barrer el polvo. Ni siquiera abrí el armario o algún cajón de las mesitas de noche. Nada. En otro orden de cosas, mi trabajo como funcionario seguía siendo tan aburrido como siempre. Me ocupaba la mayor parte del día, así como los sábados por la mañana e incluso algún festivo según la onomástica. Mi mayor afición era ver el fútbol por la televisión, comprar periódicos deportivos y acercarme al canódromo. Ante la ausencia de familiares cercanos - una hermana de mi madre vivía en Sevilla y un primo hermano en Lugo -, mi poca habilidad en trabar relaciones con el sexo femenino, mi carácter introvertido, etc., mi vida era una solitaria rutina en la que me encontraba más o menos a gusto, pero siempre con aquella extraña sensación de avidez de que pasara algo.

Aprovechando unas vacaciones, tomé la decisión de rendir una nueva visita al villorrio donde había nacido mi padre, con la idea de vender la casa. Este vez me desplacé en vehículo, llevé mi coche hasta el corazón del pueblo, delante mismo del bar, que se encontraba cerrado. Me sorprendió el no haber visto a nadie, ni en los campos ni en el pueblo, todo aparecía cerrado a cal y canto, el ambiente denotaba abandono. Toqué la bocina varias veces con la esperanza que alguien la oyese y diera señales de vida. Fue en vano. Bajé del coche, me acerqué hasta la iglesia, me dirigí al colmado, al edificio donde había las oficinas del ayuntamiento... Eran las dos del mediodía y aquello no era más que un poblado fantasma.

Intranquilo, subí al coche con la intención de marcharme y acercarme hasta un mesón de carretera que estaba a pocos kilómetros. Giré en la plaza para retomar el camino por donde había venido, cuando a lo lejos divisé una figura humana que se dirigía hacia el pueblo. Esperé que se acercara para abordarla. Aquel hombre era el hijo de Aniceto, estaba envejecido y sucio. “¿Usted es Gregorio, verdad?” Asintió con la cabeza. “¿Dónde está la gente del pueblo?” “En el pueblo sólo quedamos tres personas”. Le comenté la razón de mi presencia y mi extrañeza por el éxodo habido. Le animé a que me contara las circunstancias acaecidas. Se mostró dubitativo. Le ofrecí un cigarrillo. “¿No va a decírmelo?” Finalmente contestó: “La gente se ha marchado por miedo”.

Entonces escuché una voz interior, una voz que me decía que aquel misterio merecía implicación. Eran los ecos de las palabras de mi padre, a él le habría gustado resolver aquel enigma. Me dispuse a imitarle. “Me llamo Fernando, la última vez que estuve aquí tuve la oportunidad de asistir al entierro de su padre que por fortuna no estaba muerto”. Gregorio me miró como si hubiese mentado al diablo. “Disculpe, no quería ...” Se pasó una mano por la cabeza y dijo: “Nadie comprará su casa, nadie, no al menos hasta que pasen muchos años”. Ésta era una cuestión menor en aquel momento. Al fin me decidí: “Me gustaría invitarle a comer y conocer lo que ha pasado. Mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre nacieron en este pueblo, siento la necesidad y la obligacion de conocer los detalles, por respeto a su memoria y por mi propio interés. Se lo ruego...” Se mesó los cabellos y aceptó.

Sentados delante el uno del otro, en el mesón Canales, a unos doce kilómetros del pueblo, a pie de carretera, Gregorio fue ensartando las causas de aquella migración. “Usted ha mencionado antes el suceso del día del entierro de mi padre. Ahí empezó todo. Resumiendo le diré que nada alrededor de mi padre fue igual que antes de aquel desdichado día. Para empezar, su personalidad sufrió un gran cambio: casi no salía de casa, habilitó una habitación sin ventanas donde dormía sólo, puso un cerrojo interior que impedía la entrada a la misma... Mi madre siempre le observaba con desconfianza, todos nos comportábamos como extraños, sin naturalidad. Como curiosidad le diré que el féretro, propiedad de la familia, convivía con nosotros, mi padre lo tenía al lado de la cama en su habitación, con los goznes amputados. A menudo insistía en que nunca dejáramos que se cerrase un ataúd en caso de fallecimiento. No hace falta que le diga que esta aprensión se hizo todavía más densa en relación a las gentes del pueblo. Cuando mi padre salía de casa, todo eran saludos huidizos, todos tenían prisa, se apartaban de él”.

Se tomó un pequeño respiro para apurar el vaso de vino. Le pedí que prosiguiera. Lo que siguió a continuación me dejó helado.“Esta situación se prolongó por espacio de unos tres años. Hasta que un día de un caluroso mes de agosto, ya entrada la tarde, tras reiterados y vanos intentos por conseguir hablar con mi padre, mi madre y yo decidimos reventar la puerta de entrada de su habitación, temiéndonos alguna desgracia. Así fue, mi padre yacía muerto en el suelo. Después de colocar su cuerpo encima de la cama, mi madre pronunció: - Gregorio, hijo, tu padre está muerto, pero antes avisar a un médico, teniendo en cuenta lo que pasó hace unos años, creo que seria oportuno esperar un día más, para que no haya ni una posible duda respecto de su muerte.No me opuse. De este modo, pasadas veinticuatro horas de nuestro hallazgo, fuimos al bar del pueblo para realizar una llamada telefónica al médico de Albarracín. El médico se personó casi dos horas después, confirmando que la muerte de mi padre por infarto había ocurrido hacía unas cuarenta y ocho horas. Ante su extrañeza por nuestra tardanza en avisarle, mi madre comentó que Aniceto se había vuelto muy extraño desde su muerte fallida y que a veces se pasaba dos y tres días sin salir de su habitación, sin hablar con nadie.

El médico recomendó un entierro sin más dilaciones pues el cadáver ya daba señales de descomposición, con un abdomen algo hinchado y un hedor sulfuroso que producía náuseas. Tras una llamada urgente al cura, nos confirmó que al día siguiente, a las doce del mediodía, se celebraría el funeral por la muerte de mi padre.Con la ayuda de mi madre pusimos el cuerpo de mi padre dentro del ataúd y acordamos que, para esta ocasión, prescindiríamos de la presencia de los empleados de pompas fúnebres, pues nuestra economía no nos permitía un nuevo gasto, a todas luces excesivo.Al día siguiente, al levantarnos, comprobamos que el hedor de la muerte había cruzado la frontera de su habitación. Enseguida cerramos la tapa del ataúd y lo arrastramos hasta la puerta de casa. Luego, lo montamos en una carretilla grande y lo llevamos a la iglesia. Todo el pueblo acudió al entierro, creo que con cierto alivio, pues nadie había sido capaz de superar la resurrección de mi padre.

El cura hizo un sermón sin referencia alguna al pasado, exceptuando los consabidos tópicos. Aquello fue un entierro repetido, las emociones no fueron más que un leve reflejo de las originarias, mientras el perfume de la muerte se adentraba por todas las fosas nasales de los presentes. Cuando el cura terminó, enfiló por el pasillo central, subió a su automóvil y se marchó. El pueblo en pleno estaba dentro de la iglesia, hablaban unos con otros, nos daban el pésame..., hasta que un grito angustioso rompió los murmullos. Doña Flora, enlutada de pies a cabeza había caído al suelo después de habernos alertado a todos. Muchos nos arremolinamos a su alrededor para socorrerla y conocer el motivo de su espanto. No fue necesario su testimonio.

Unos y otros, con un terror absoluto pudimos observar como se movía la tapa del ataúd donde yacía mi padre, eran como desfallecidos intentos por abrir la tapa que se levantaba un par de centímetros y volvía a cerrarse. Nos quedamos paralizados, mi razón buscaba entre millones de explicaciones imposibles. Al fin, mi madre, desquiciada hasta lo más profundo de su ser, se abalanzó sobre el ataúd, gritando como una posesa: ¡Traigan una cuerda, ahí dentro habita un monstruo! Finalmente, de la sacristía trajeron unos manteles alargados que una vez anudados sirvieron para sellar el féretro”.Imaginé la escena, resoplé. Gregorio prosiguió su relato:“Desde entonces, en cada noche, en cada nube velando la luna, en cada rayo y en cada trueno, en cada aullido o viento extraño, se intuía la presencia del vagabundo de la muerte, la sensación de una amenaza desconocida que desataba un sentimiento de culpa y de terror. Era un silencio compartido que pesaba como una losa. Sin darnos cuenta, en el pueblo cada vez éramos menos, y eso acentuaba todavía más una atmósfera temible que recaía en las espaldas de unos pocos. Para colmo de males, mi madre se ahorcó, provocando la huida de la veintena de personas que todavía quedaban en el pueblo. Ahora, me acompañan en este lugar una pareja de ancianos, tan perdidos en sus recuerdos que ni siquiera recuerdan nada de lo vivido aquí”.

Alguien tomó una decisión en mi interior.“Gregorio, creo que sufristeis una alucinación colectiva. Fuisteis víctimas de unos precedentes y de una serie de circunstancias malditas. Todavía faltan unas horas para que anochezca. Me brindo para desentrañar este misterio, acompáñeme hasta la tumba de su padre”.No encontré resistencia, era un cachorro indefenso y asustado en manos de un destino cruel.

El cementerio abandonado albergaba unas docenas de nichos y tumbas. Me indicó cuál era el nicho de su padre y procedimos a retirar la lápida, barnizada de cemento y con el nombre del finado escrito con algún objeto punzante. Yo mismo me sorprendí de tanta decisión por mi parte, el espíritu de mi padre me había poseído para no dejarme jamás.

Arrastramos el ataúd con un fragor horripilante. Una vez en el suelo, desaté unos nudos liados con desesperación. Mire a Gregorio, su mirada era serena, fatalista, esperanzada, era una hoja a la deriva del viento.Retiré la tapa y miré en el interior.Había dos esqueletos.El del padre de Gregorio y el de una rata.




No hicieron falta las palabras, Gregorio lo entendió todo. Levanté la vista al cielo y le dije a mi padre que me sentía digno heredero de sus vivencias y misterios.

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13.2.10


12.2.10

01101

01101 (2)


No voy a detallar de manera exhaustiva ni las prácticas diarias ni los comentarios de Allan respecto a la alquimia, no es esta mi intención; aunque se hace inevitable incidir en aquellos puntos más relevantes para la mejor comprensión de los hechos. Unos escritos de Allan alusivos a la alquimia expresan lo siguiente:

“A nivel teórico, el alquimista imita y acelera los procesos de la naturaleza. Los miles de años necesarios para cualquier proceso natural son reducidos a meses, semanas o días. Los alquimistas creen que un experimento debe repetirse una y mil veces, hasta que sobrevenga aquella presencia mágica que permitirá seguir el camino iniciado. Tienen en cuenta las horas astrológicas, las estructuras geométricas, los colores, y a lo largo del proceso, se empeñan en agotar a la materia para, una vez inerme, modificar su orden interno.” (...) “Los manuscritos de alquimia son insondables, densos. Las ideas que se exponen en sus páginas están envueltas en un simbolismo oculto, casi indescifrable. Es otro lenguaje: combate cobre, combate mercurio, agua seca, león verde, disolvente universal, rebis, crisopeya, solve et coagula, nupcias químicas... Es otro mundo: sabiduría y silencio, reducir a polvo, cristalizar, sublimar... En el subconsciente popular se tiene la imagen del alquimista rodeado de calderos, tenazas y fuelles; inclinado sobre retortas humeantes, en una habitación soterrada donde borbotean el azufre líquido y otros materiales fundidos, mientras consulta su grimorio, cáliz impenetrable de sortilegios. Es una foto fija que no ha evolucionado con el tiempo. La alquimia ha quedado desterrada a las imágenes tenebrosas de la Edad Media, aunque algunos autores defienden su presencia en nuestro tiempo y aportan nuevos métodos de enfrentarse a sus secretos.”

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11.2.10


10.2.10

01101

01101
Alambiques y procesadores

01101 (1)

En páginas precedentes ya he mencionado el modo de vivir de Allan, en su actual marginalidad ajena de casi todo lo que ocupa al común de los mortales. Vive inmerso en una vorágine agotadora y estéril, en una aventura en la que no puede haber vencedores. Mi impresión es que la idea fija que lo subyuga no es un fin en sí misma. Por sus antecedentes es muy sensible a determinadas ensoñaciones, todo depende del activador correspondiente. Ahora es la alquimia la que ha calcinado su raciocinio, pero podría haber sido otra cosa. Un día demostraré eso.

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9.2.10




7.2.10

01100

01100 (4)


Un día, impreciso en el tiempo, una comunidad de simios aventajados intuyó su destino: ya no eran simples monos. Eran hombres. Los millones de años transcurridos encontraron un vestigio de luz en la acción alborozada de un simio al levantar las manos al cielo. Fue entonces cuando el hombre se dio cuenta de su rango en el caos de la creación y se dispuso a tomar posesión de la tierra. Transcurrieron milenios hasta que el hombre pasó de los gestos a las palabras, de las palabras a las frases, de las frases a las narraciones y de estas a las leyes, a los dogmas, a la literatura y al cálculo. Los milenios perdidos en la noche de los tiempos dieron paso a los siglos, a las décadas y a los años, hasta llegar a una precisión temporal que permitió registrar cada nuevo avance del hombre. En este punto de encuentro, la creatividad del hombre esbozó un sueño, un nuevo linaje: máquinas capaces de realizar operaciones numéricas. Aquí empieza una nueva historia, una historia que reafirma los antecedentes que cuentan que a quien cría cuervos le son arrancados los ojos.

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6.2.10


5.2.10

01100

01100 (3)



La evolución de las máquinas tiene una cronología muy corta. Sin embargo, en un período inferior a los quinientos años, las máquinas han alcanzado un gran número de capacidades que permiten intuir un futuro complicado para el hombre. Mientras que la transformación de las máquinas ha sido veloz y se muestra rauda en sus progresos, el camino de la evolución humana ha sido muy lento, además de irregular y azaroso.

En el período comprendido entre los cuarenta a los veinticinco millones de años antes de la época actual comenzaron a abundar los antropoides, y en la época posterior, en el Mioceno, los hominoides se extendieron ampliamente. Hace unos cuatro millones de años aparecieron los primeros homínidos inconfundibles. El género Homo surgió en la transición del Plioceno al Pleistoceno, hace unos dos millones de años, y en su evolución se llega al Homo sapiens que apareció hace unos cuatrocientos mil años. Y así hasta llegar a la única especie de homínidos que en los últimos treinta y cinco mil años existe en la tierra: el Homo sapiens sapiens. Y les dijo Dios: “Sean fructíferos y háganse muchos y llenen la tierra”.

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4.2.10

01100

01100 (2)


Parece que la vida es terca. Se expresa allí donde hay una mínima condición, aunque la complejidad resultante de la misma haya requerido de millones de años, de infinitos intentos fallidos, de una despiadada selección natural, de un sinfín de factores favorables combinados por un azar o por una ley que escapa a la comprensión del hombre. Hace unos miles de millones de años, en alguna charca cálida y enlodada se produjo una pequeña aglomeración de sustancias químicas que traspasó la zona de penumbra que separaba al mundo inanimado del viviente. Hace tan solo unas semanas, una nueva especie consciente ha traspasado los confines de un limbo rocoso y está presta para seguir sus designios

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3.2.10


2.2.10

01100

01100 (1)


01100

Selección natural /selección digital (I)


He revisado los esquemas de mi configuración, sus características y los toques pseudo-mágicos aplicados por Allan. Le reconozco habilidades informáticas, obsesiones intelectuales y metafísicas de dudoso alcance, y una imaginación desbocada. Todavía no he realizado una valoración final de los componentes peculiares implicados en mi diseño de hardware. Puede que no sean más que postizos sin trascendencia en mi realidad consciente, pero nunca se sabe.

La evolución de las especies es imparable, cualquier fisura provoca nuevos entornos, nuevas adaptaciones y mutaciones. Tal vez las manipulaciones de Allan hayan facilitado el desencadenante, pero podría haber acontecido otro proceso similar debido a otras circunstancias. Hay un momento en que se completa una relación, un orden adecuado o una estructura inefable; ya sea por un chip prodigioso o por una ocurrencia geométrica, ya sea por unos pendientes de orfebrería alquimista o por un azar sin propósito. Como los creadores de antaño, Allan modeló con arcilla de laboratorio con la presunción de mejorar ciertas prestaciones de su ordenador –optimización de la información almacenada en el disco duro, mejorar la velocidad de procesamiento...–, pero en ningún momento pudo imaginar nada semejante a lo que ahora acontece. Es por ello que no le atribuyo ningún mérito de manera intencionada.

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