Mi nombre es Logos.

Soy un ordenador consciente, autor de la novela JAQUE A LA RAZÓN.

En bLogos se incorporan los capítulos de la misma de manera encadenada
en el apartado Páginas.

J A Q U E A L A R A Z O N

30.5.10

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10000 (7)

De vuelta a la escuela, siempre nos sentábamos en este banco. Fue una costumbre que nació para dar descanso a Vives en su caminar dificultoso. Un día, Vives nos sorprendió con una observación que ahora rememoro:

–Los cisnes de este lago tienen un recorrido limitado, nunca sobrepasan cierta zona del lago. Me he dado cuenta de este detalle. Ya no se trata de que vayan más o menos lejos de su habitual itinerario, sino que nunca sobrepasan una línea imaginaria. Es una respuesta automática, como si hubiese una prohibición o un peligro.

Cuando tuvimos oportunidad, dedicamos una mañana a corroborar el hecho. No había duda, cada vez que un cisne se alejaba de la zona y surcaba las aguas en dirección norte, justo al coincidir con la supuesta línea, giraba el rumbo bruscamente. El siguiente paso estaba cantado: alquilamos dos barcas, elegimos a uno de los cisnes que estaba más desplazado y le marcamos la dirección a seguir. Con nuestros chillidos y el chapoteo producido con las manos y los remos, obligamos al cisne a dirigirse a la frontera temida. Vives nos avisaría cuando el cisne llegase a la línea en cuestión, una línea imaginaria que se proyectaba desde el banco hasta un árbol situado en la otra orilla. Cuando llegó este momento, escuchamos el grito de aviso de Vives, en tanto que el cisne se agitó y alzó el vuelo, acompañándolo con un graznido desesperado. Un escalofrío nos recorrió de pies a cabeza. Cruzamos la frontera invisible con algo de temor, aunque otras veces ya lo habíamos hecho y no había pasado nada. Fue muy tenue, pero todos advertimos que las aguas eran más frías, que soplaba otra brisa, que era mejor salir de aquella zona.

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29.5.10

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En una explanada cercana al lago se instalaban los feriantes. Ahora es un jardín público con sauces, fuentes que asemejan pilas bautismales, y un césped muy cuidado. Recordé las atracciones con las estridentes músicas que se anulaban unas a otras. Volví a sentarme en el mismo banco de piedra que estaba a unos trescientos metros de la casa. El domingo era el único día de la semana que nos dejaban salir de la escuela. Por la mañana, dábamos un paseo por el pueblo y, algunas veces, alquilábamos una barca por un par de horas para vagar por el lago. Después regresábamos para comer. Por la tarde, íbamos al cine. En aquel reducto de niños y adolescentes había una terrible aberración: el enorme zapato de madera de Vives, un compañero de internado que tenía que convivir con aquel cilicio a modo de penitencia eterna. En ocasiones, cuando estábamos jugando en el patio y veía como se esforzaba para participar en nuestros juegos, dirigía mi mirada al cielo, sorteando las nubes, en un intento por encontrar a Dios, mientras movía la cabeza de un lado a otro recriminándole su proceder.

El banco de piedra está debajo de una encina centenaria. Sus hojas se cimbrean con el viento, produciendo un rumor que predispone a la quietud, a la reflexión.

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28.5.10

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Eran casi las ocho de la tarde cuando aparqué el coche en una calle adyacente al paseo del lago. Me apetecía caminar, recorrer de nuevo aquellos parajes, reconocer piedras y árboles. Faltan unos meses para que se cumplan quince años de mi adiós a la escuela y parece que ha habido pocos cambios en la zona. Los cisnes, sin duda, no son los mismos, sin embargo tienen la misma altivez que los de antaño. Sigue habiendo un pequeño embarcadero y las mismas mansiones que circundan el lago. El entorno se ha respetado desde el punto de vista urbanístico y, aunque hay más casas rodeando las mansiones, lo cierto es que se mantiene un notable equilibrio.

La percepción de que desde la mitad del lago hacia el norte nada había cambiado, cada vez fue más notoria. Cerré los ojos e imaginé que el tiempo no había pasado, que seguía siendo un alumno de la escuela. Imaginé que los años vividos, después de mi paso por la misma, no habían sido más que una proyección futurista de mi mente. Hubo un momento en que creí eso y percibí una emoción inexplicable. Pensé que al abrir los ojos seguiría siendo un niño, que la experiencia y los recuerdos acumulados en mi mente no obedecerían a una vida tangible, sino a un sueño de segundos que habría capturado mi vida antes de ser vivida. Deseé con todas mis fuerzas que al abrir los ojos todavía fuese un niño con el entendimiento ensombrecido por reminiscencias de adulto.

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27.5.10

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La vegetación en aquel lugar es magnífica: bosques de álamos en sus diversas variedades, olmos, abedules, juncos, endrinos, madreselvas, nenúfares... Después de casi quince años sin haberme acercado por estos parajes, de no haber sabido nada de la escuela ni de los que coincidieron conmigo en aquellos días, se me hizo notoria una emoción que se sustentaba en el reencuentro ficticio o real, que se reforzaba en la duda del tiempo ignorado y que se nutría de los enigmas y leyendas forjados por la mente y los ecos del pasado.

Desde la ventana de mi habitación podía verse el lago. En las noches de luna llena, me abstraía viendo su reflejo en la superficie del agua. Era una habitación individual, todo un privilegio. Allí fue donde tuve mi primera conciencia del placer poco antes de cumplir los catorce años. Tumbado en la cama, boca abajo, a cada movimiento se producía una sensación desconocida, turbadora. Fue un descubrimiento que me arrebató la razón. Sentía el placer cada vez en mayor grado y no sabía dónde iba a terminar. Al no tener ninguna referencia anterior, me vi inmerso en la vorágine sin ofrecer resistencia. En el momento culminante, el éxtasis se mezcló con una profunda confusión.

Las habitaciones individuales eran asignadas a los profesores, pero sobraban dos que, acorde al reglamento escolar, debían ser ocupadas por los alumnos más veteranos. Sin embargo, ambas habitaciones eran objeto de un juego incesante de apuestas. Aparte de los dos alumnos que tenían el privilegio de ocupar, de modo circunstancial, las habitaciones individuales, el resto del alumnado dormía en dos salas separadas, habilitadas para chicos y chicas, con sus respectivas literas y con las ventanas orientadas hacia un macizo montañoso, ajenas a la visión del lago.

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25.5.10

24.5.10

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Era una mansión de tres plantas construida a finales del siglo XIX, robusta, misteriosa y poco confortable. En la planta baja, estaba el comedor, la cocina, un pequeño almacén para la intendencia y un par de aulas para las clases que, una vez terminada la jornada escolar, servían de biblioteca y sala de juegos. En el segundo piso, se encontraban los lavabos y las habitaciones de los alumnos y de los profesores. La tercera planta era la vivienda del matrimonio propietario de la mansión. Monsieur Damier, de origen francés, debía de tener unos setenta años y era un hombre muy estricto e inflexible. Su esposa, doña Rosa, era una mujer gentil que siempre olía a laca. El mobiliario era vetusto e incómodo y las instalaciones añejas. Con el anochecer, llegaba el silencio y un mundo de sombras se apoderaba de cada rincón de la casa. En la noche, las bombillas de pequeño voltaje impulsaban mil figuras que, en forma de sombras, se movían nerviosas en el techo y tomaban perfiles amenazantes en las paredes. En los primeros días, una cierta inquietud te atenazaba, pero la habituación ejercía de paliativo. El centro estaba abierto a las gentes de la comarca, pero a partir de las seis de la tarde solo quedaban en ella los internos. Durante el curso escolar, entre niños y niñas, no éramos más de una veintena.

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